Analistas

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Es el área dedicada a cultivos de coca para uso ilícito, significa una porción muy significativa del área deforestada del país, a su vez coincidente con las zonas más importantes para la biodiversidad planetaria: los piedemontes de las vertientes externas de las cordilleras andinas y el macizo de San Lucas, tesoro ecológico excepcional, que viene siendo también devastado por el mortal meme de Eldorado.

Pareciera ingenuo hablar de la importancia biológica de las áreas afectadas por la epidemia global de adicción a la cocaína, una grave enfermedad mental que luchamos por entender pero que al ser tratada como delito, dificulta su tratamiento por los entes de salud pública e impide establecer las profundas conexiones sistémicas que existen entre las dimensiones biológicas y culturales del mundo contemporáneo. Pero la coca proviene de ese mundo de la biodiversidad y tal vez algo nuevo se nos ocurriría si la analizáramos dentro de ese contexto.

La coca fue una de las primeras plantas primeras por los habitantes del nuevo mundo, quienes hallaron en ella la vía para enfrentar las duras condiciones de la supervivencia en la antigüedad americana. A tal punto evolucionó su importancia cultural, que se transformó en hoja sagrada, fuente de palabra para designar la vida en los ecosistemas neotropicales, constructora de espacios del diálogo más sofisticado entre sabedores y líderes de innumerables pueblos. La coca, seca, tostada, sola o molida y combinada con cal de conchas o ceniza de yarumo representa aún uno de los pilares epistemológicos para la interpretación de una parte del mundo amazónico colombiano, junto con el yagé y decenas de plantas nativas que “abren el entendimiento” si se utilizan bajo parámetros rituales y procedimientos adecuados. Y lo destruyen si se utilizan por fuera de esa conexión: una interpretación del daño que causa la cocaína en el mundo industrializado es precisamente la pérdida del contexto neurológico con la realidad biológica, una ruptura de nuestra conexión vital.

Con razón han afirmado muchos sabedores indígenas, lamentablemente sepultados en el bullicio de las soluciones inmediatistas y a menudo agresivas y dogmáticas de quienes insisten en romper todo en 1.000 fragmentos para operar, con más interés egoísta que evolutivo, que la solución al problema la tienen ellos. Y no lo dicen arrogantemente, al contrario, con la carga que representa el origen de la coca y la responsabilidad ética que implica velar por su buen manejo. 

En la práctica puede que estas palabras no ayuden mucho, pues pareciera imposible devolver la complejidad desatada dentro de la caja de Pandora. Pero apelan a interpretaciones más sistémicas o alternativas si nos ayudan a reconocer la crisis civilizatoria que tiene su origen en las formas en que han evolucionado las relaciones sociedad naturaleza en el mundo contemporáneo, que en el mundo de las selvas ecuatoriales significa que estas y su biodiversidad siguen siendo un estorbo para la simplicidad con la que la visión del desarrollo convencional pretende abordar el siglo XXI. 

Volver a fumigar solo empeorará las cosas, por estas mismas razones, no porque el glifosato eventualmente cause cáncer: este ya está presente en el fenómeno y solo la reconstrucción paulatina de la gobernabilidad territorial, con inversiones en modelos alternativos de desarrollo territorial, esquemas de gobernanza local robustos y una base genuina de conocimiento ecológico lograrán reubicar el cultivo de la coca en un lugar positivo de la cultura. Profundizar en los acuerdos de paz.