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En años electorales, además del uso frecuente de la palabra “polarización”, se suele comentar la metáfora del péndulo político, es decir, la oscilación popular de un lado del espectro ideológico hacia otro, como un efecto reacción al desgaste y la consecuente búsqueda de alternancia en el poder. Por tanto, por estos días me he preguntado: ¿cómo lograr estabilidad y armonía política en lo esencial, independientemente de los cambios de gobierno?
En la respuesta reluce la educación como factor de cohesión indispensable en una sociedad. Una educación que cimente las bases sobre las que pueda desplegarse un diálogo político y la construcción conjunta del bien común: respeto, honestidad, solidaridad, empatía, laboriosidad y libertad con responsabilidad, entre otros valores.
Hace poco encontré en un libro esta frase: «Aspirar a una sociedad justa sin promover la virtud individual es una utopía». Precisamente, la educación con sólidos valores, que se traduzcan en hábitos ciudadanos, es la base para una sociedad justa. Toda propuesta de cambio social que no incida a fondo en las personas solo será una solución temporal para problemas estructurales.
Suelo definir la educación como un proceso personal tendiente al conocimiento de un saber y a la adquisición de virtudes para afianzar la capacidad de decisión y acción. Solamente la suma de decisiones libres configura el bien común. No son los políticos los que mágicamente transforman la realidad, sino la suma de ciudadanos quienes lo logran, ejerciendo con acierto las libertades fundamentales que deberían garantizar los políticos.
Por lo tanto, un país como Colombia anhela lograr consensos básicos sobre la educación de las futuras generaciones para garantizar una estabilidad que trascienda la alternancia política. Es lamentable percibir tanta disparidad de percepciones sobre asuntos en los que debería existir acuerdo social: respetar la vida y la honra de quien piensa diferente; la corrupción nunca tiene justificación; es inaceptable bloquear una vía pública; no es ético hacer uso de un servicio de transporte sin pagarlo; la violencia física es repudiable; niños, ancianos y mujeres son prioridad; la autoridad legítimamente constituida debe ser obedecida en las calles y universidades; los estadios son espacios de convivencia y no de agresión visceral, etc. Presupuestos que, al margen de la opinión política, deberían ser acogidos con sentido común por la mayoría de ciudadanos.
Una verdadera educación debería consolidar una cultura ciudadana que esté por encima de las variadas y legítimas posturas sobre el camino hacia el bienestar general. Esa ciudadanía facilitaría la construcción de soluciones y la creación de posibilidades de un futuro mejor, evitando espirales de odio que conducen a una inútil polarización. Colombia está en deuda con un alto porcentaje de jóvenes porque no hemos sido capaces de forjar esas virtudes ciudadanas entre familia, sociedad civil y Estado. Es inaplazable transformar la educación y lograr que las nuevas generaciones sí sean capaces de escucharse, deliberar y consolidar una armonía social que propicie condiciones para trabajar unidos por el bien común.
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