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Analistas 13/03/2021

¡No me juzgues!

Alfonso Aza Jácome
Profesor de Inalde Business School
Analista LR
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Hace poco, un amigo me contó la siguiente situación: un día, al salir del trabajo, una persona, a pesar de ser tranquila y poco “fiestera”, decide aceptar por compromiso la invitación de sus compañeros a un famoso restaurante de la ciudad para celebrar un resultado importante del cual es directa responsable. En la mitad de la celebración, comienzan a aparecer las bebidas alcohólicas y no se niega a la primera copa para acompañarlos a todos. Poco después, aunque se resiste, termina tomándose la segunda copa y, ya casi sin darse cuenta, se desliza hacia la tercera... Por la noche, en el camino de regreso a casa, mientras conduce su vehículo, entre la mala señalización y lo nublado de su mente, termina arrollando a un peatón, ocasionándole la muerte. La pregunta es simple, pero lapidaria: ¿esa persona es una homicida?
Por lo general, la inmensa mayoría suele contestar que sí lo es y que debe responder penalmente por sus actos. Paradójicamente, se trata de una persona intachable que ha llevado una vida ordenada y sin excesos. Tristemente, ese día al mezclar la debilidad para afrontar la presión de grupo, junto con la mala suerte, terminó ocasionando una tragedia que le cambió la vida para siempre.

Sin embargo, no podemos juzgar tan categóricamente toda la vida de esa persona. Alguien que quiere hacer las cosas bien pero no acierta al dominarse en una determinada situación, no “es” una mala persona, aunque “hubiera cometido” una maldad. No podemos juzgar toda la vida de alguien por lo que acaba de suceder.

Esta distinción no es un matiz sutil, sino que se funda en una genuina diferencia entre actuar por ligereza o con clara voluntariedad. La maldad radica en esa voluntariedad. Pero dejarse llevar por una debilidad, no es más que una clara muestra de la fragilidad humana, que nos recuerda que cualquiera puede equivocarse. Por eso, mientras que el que actúa por maldad no se arrepentirá fácilmente, el que lo hace por debilidad admite sin dificultad su error.

La pregunta que surge a continuación es ineludible: ¿dónde termina la flaqueza y dónde comienza la maldad? Y esa es la pregunta más difícil de resolver. Tal vez, todo empezó cuando comenzó a deslizarse suavemente por una imperceptible pendiente de pequeñas cosas que, vista con la perspectiva del tiempo, permite captar que la sumatoria de todas esas pequeñas concesiones se convierten en un abrupto descenso.

En general, los hombres juzgamos más por lo que vemos que por lo que comprendemos. Es decir, juzgamos con la vista porque todos lo ven y no con la inteligencia, pues pocos comprenden lo que ven. Es mucho más difícil juzgarse uno mismo que juzgar a los demás: para juzgarse hace falta ser sujeto y objeto, al mismo tiempo: verse. Y por eso solemos ser indulgentes con nuestras propias acciones, pero estrictos y tajantes con las de los demás. Y si no, pregúntate por la última vez que te enfadaste con otro conductor mientras manejabas, o cuántas veces hiciste lo mismo que ahora te molesta que otros hagan.

Sin embargo, no podemos olvidar que se pueden juzgar los hechos, pero es mejor no juzgar a las personas, pues, como dice el popular refrán: “caras vemos, corazones no sabemos”. Por tanto, no tenemos derecho a juzgar la vida de los otros. Solo debemos intentar juzgarnos a nosotros mismos y, si lo hacemos correctamente, entonces seremos verdaderos sabios.

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