Analistas 21/11/2020

El trabajo del futuro

Las personas suelen desarrollar una falsa sensación de seguridad con respecto a sus empleos. Después de trabajar para una organización durante varios años, les resulta difícil comprender que es posible que sus empleadores ya no necesiten sus servicios.

El cierre de muchos sectores de la economía debido al covid-19 y la consiguiente recesión global de 2020 han creado una perspectiva muy incierta para el mercado laboral y aceleraron la llegada del “trabajo del futuro”, pues el principal impacto en el empleo es causado por los avances de la tecnología.

Las organizaciones están remplazando el trabajo humano con tecnologías que ahorran tiempo y mano de obra. En particular, los avances en la informática ocasionarán que un gran número de trabajos administrativos desaparezcan pronto. Incluso, se espera que el ritmo de adopción de tecnología no disminuya y se acelere en algunas áreas por el crecimiento de la virtualidad y el trabajo remoto.

El informe de este año del Foro Económico Mundial sobre el futuro del empleo estima que para 2025 pueden desaparecer 85 millones de empleos por un cambio en la división del trabajo entre humanos y máquinas. La buena noticia es que podrían surgir 97 millones de nuevos roles más, adaptados a ese nuevo contexto.

Sin embargo, la transición será dura y compleja. Si no se hace nada, es probable que la desigualdad se vea agravada por el doble impacto de la tecnología y la recesión pandémica. Los empleos de trabajadores informales o con salarios mínimos, mujeres y jóvenes tendrán una afectación mayor en la primera fase de la contracción económica. El impacto de esta crisis, comparada con la crisis financiera de 2008 en personas con bajos niveles educativos, será mucho más significativa y es probable que ahonde las desigualdades ya existentes.

Por eso hay que pensar en posibles alternativas para defender el empleo. Por una parte, el sector público debería brindar un mayor apoyo para la actualización y mejora de las competencias de los trabajadores desempleados o en riesgo. Además, debería crear incentivos para las inversiones en los mercados y la generación de empleo; proporcionar redes de seguridad para los trabajadores en medio de las transiciones laborales y abordar con decisión las mejoras en los sistemas de educación y formación. También será importante que el Gobierno considere las implicaciones de mantener, reducir o retirar el apoyo que está brindando durante esta crisis para respaldar los salarios y mantener los empleos.

Por otra parte, como sugiere Rifkin, se podría reducir la semana laboral a 30 horas, pues la Revolución 4.0 garantiza más producción con menos trabajo humano. Aunque los empleados deberían aceptar un pequeño recorte salarial, en realidad conservarían sus empleos con más tiempo libre, habría también más espacio para el ocio, para el trabajo social o voluntariado. Por este motivo, el Gobierno debería fomentar este crecimiento del tercer sector (entidades sin ánimo de lucro) ofreciendo una deducción en los impuestos sobre la renta personal por las horas prestadas de voluntariado. Esto permitiría al Gobierno, por el principio de subsidiariedad, recortar gasto en proyectos sociales que hoy debe subsidiar. Como consecuencia fundamental, el tejido social sería más autónomo e independiente y, al mismo tiempo, se fortalecería la sociedad civil.