Los hijos del expresidente Santos publicaron en los últimos días una serie de trinos condenando la decisión de alias “Timochenko”, jefe máximo de las Farc, de negar el abuso y reclutamiento forzoso de niños por parte del grupo terrorista Farc. En sus trinos estos muchachos le decían al jefe de las Farc que su decisión de negar los hechos que para todo el mundo son evidentes, ponían en riesgo la “estabilidad” del proceso de paz. Me produjo risa la actitud de los hijos del expresidente. Risa y tristeza, para serles sinceros, porque en cierta forma implica que algunos en Colombia de verdad se creyeron la historia de que las Farc se iban a arrepentir de haber cometido tanto crimen. Algunos piensan que la ingenuidad es tierna. A mí me parece que la ingenuidad es desesperante.

Que el expresidente Santos se reúna con el señor Juan Fernando Cristo, con alias Timochenko, y con el senador Iván Cepeda a altas horas de la noche en un apartamento de Bogotá días después de que el proceso contra Álvaro Uribe hubiera pasado a la Fiscalía, es la última prueba que yo necesitaba ver para quedar completamente convencido que Santos negoció la prisión de Uribe con las Farc en La Habana. Pero estoy convencido que no lo hizo por venganza. Lo hizo porque la estrategia de los amigos del proceso de impunidad con las Farc es lograr que Uribe se someta a la JEP, para de esa forma ser “perdonado” por el tribunal que las Farc se organizaron bajo los lineamientos del proceso de La Habana. Si Uribe se somete a la JEP le da legitimidad a ese tribunal, y así quedan lavados todos los crímenes de las Farc. El libreto siempre ha sido clarísimo.

Lo que aterra acá es que un jugador de póker tan hábil como Santos de verdad piense que exista la posibilidad de que Uribe se someta a la JEP. Eso nunca va a pasar, porque Uribe es demasiado valiente y terco como para dejarse tentar por esa salida facilista. Y además todo parece indicar que la cosa se le está dañando a los aliados del proceso Farc-Santos. ¿Por qué? Porque entre Vicky Dávila, Ernesto Yamhure y Salud Hernandez-Mora, se le tiraron la vuelta a Cepeda, Santos, Coronell, y aliados varios, porque la publicación del expediente completo demuestra inequívocamente la pésima calidad del montaje que le trataron de armar al presidente Uribe.

La buena noticia para Colombia es que esta manada de desadaptados convirtió a Uribe en un mártir, y eso implica que para 2022 la coalición de centroderecha debe tener espacio para poner candidato en segunda vuelta y de mantener una participación importante en el legislativo. La mala noticia es que la izquierda radical lo sabe, y por lo tanto va a tratar de incendiar el país, que ya de por sí está en una posición de debilidad extrema después de tener que vivir semejante confinamiento tan largo y doloroso para los colombianos menos favorecidos, esos que viven en la informalidad.

Lo que vimos en Bogotá en estos días es un prólogo de lo que puede pasar de acá a 2022. La izquierda radical sabe que solo puede poner presidente si logra poner de rodillas al país. Pero poner al país de rodillas también generará una decisión de la centro derecha de amalgamar fuerzas para evitar que el país caiga del todo en el populismo bolivariano. Dios permita que la economía mundial reaccione fuerte de acá en adelante y que el petróleo acompañe la dinámica, para que así la administración Duque logre tener un poco de más grados de libertad por el lado fiscal y económico en 2021.