Analistas

Sobre las posibles conversaciones de paz

Como dice el dicho, el que calla otorga. Por lo tanto, es lógico asumir que, efectivamente, el gobierno del presidente Santos está conversando, o tiene la intención de conversar, con la guerrilla de las Farc. Muchos colombianos no le ven nada malo a los diálogos, hecho bastante fácil de entender, pues al fin y al cabo al ser humano siempre le gustará “soñar” con un mundo mejor.

Mucha gente me llama guerrerista por no estar montado en este cuento de los diálogos. Entiendo a los que me llaman guerrerista y son menores de 25 años. Ahora, no entiendo a los que me llaman guerrerista y tienen 35 años, pues estas personas ya tenían uso de razón cuando el gobierno de Andrés Pastrana Farc a cabo los diálogos con las Farc en el Caguán. Valga decir que yo estuve de acuerdo con el presidente Pastrana cuando el anunció el inicio del proceso de paz con la narco-guerrilla de las Farc. Craso error el mío.

El Caguán es un precedente importante, porque es muy probable que estos nuevos diálogos con las Farc nos lleven al mismo puerto. Me explico. Las Farc no son como los paramilitares. Los paramilitares querían una salida legal suficientemente benévola al genocidio perpetrado y por los crímenes atados al narcotráfico, pero los paramilitares no querían cambiar el sistema económico y político de Colombia.

Las Farc, en cambio, son una narco-guerrilla que tiene un objetivo político. Y ese objetivo político es la implementación en Colombia de un sistema económico análogo al socialismo del siglo 21. Mejor dicho, las Farc quieren estatizar la economía de Colombia, así como lo ha hecho Cuba, y en menor escala, Venezuela.

Muchos dicen que el modelo económico y los lineamientos de la democracia de Colombia no se van a negociar con las Farc. ¡Enhorabuena! digo ante eso, pues no existiría nada más patético que caer en cuenta de cómo el sistema le exige al presidente Santos que logre la aprobación del acto legislativo a las transferencias con ocho votos en el legislativo, pero al mismo tiempo se vuelva válido que unos narcotraficantes decidan que el capital externo invertido en la industria de los hidrocarburos se tiene que expropiar.

Y acá es donde se pone más complicada la cuestión. Si el modelo económico no se va a negociar con los violentos, y los violentos se ensañan en que la agenda de diálogo tiene que ser totalmente abierta, pues entonces los diálogos fracasaran desde su inicio. Unos dirán, “no importa, se intento de nuevo, y eso es lo que vale!” Pero la verdad, estimado lector, es que sí importa, porque unos diálogos fracasados tienen costos colaterales muy importantes.

Me explico. Suponga que usted es el dueño de un banco japonés que quiere expandirse en el mundo emergente. Uno de los futuros lugares de inversión es Colombia, gracias al hecho de que hoy todo el mundo habla del “success” de Colombia, éxito que se debe a la implementación de la seguridad democrática y de la confianza inversionista bajo el gobierno de Uribe Vélez. Ahora, si el gobierno de Colombia inicia una agenda de paz con la narco-guerrilla de las Farc, y la agenda es abierta, les aseguro que ese inversionista decidirá esperar a ver “como termina” la cuestión de los diálogos antes de invertir, pues este personaje no querrá perder su dinero en caso de que el gobierno decida nacionalizar la banca, o cobrar un impuesto extraordinario ridículo, como contraparte a la desmovilización total de los violentos.

En conclusión, si el gobierno no quiere afectar la confianza inversionista, tiene que anunciar desde ya que lo único que se va a negociar es la logística del desarme total. Y me temo que las Farc no van a aceptar desmovilizarse sin recibir cambios políticos y económicos como contraparte. Mejor dicho, los diálogos serán un fracaso a menos de que Colombia decida aceptar las visiones anárquicas de los violentos. Entonces, para qué conversamos?