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¿Fin de una era? ¡pues ojalá!

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La FED acaba de tomar una de las decisiones de política monetaria más importantes desde el inicio del proceso de implementación de la política monetaria “no convencional” a finales del 2008. Es válido resaltar que la decisión es un “alivio”, pues el hecho de que este grupo de economistas estén sintiéndose confiados para tomar esta decisión de comenzar a restringir un poco la liquidez es análogo a argumentar que el paciente está en un proceso de recuperación lo suficientemente robusto como para darle la opción al médico de tomar la decisión de pasarlo de la sala de recuperación a un cuarto normal en el hospital.

Según la Reserva Federal (que a propósito votó unánimemente a favor de subir las tasas, hecho que me sorprendió pues yo esperaba ver dos votos disidentes), hubo razones de mucho peso para tomar esta decisión. Por un lado, la política monetaria tiene por definición un rezago importante. Mejor dicho, las decisiones que se toman hoy, tienden a surtir efectos, por temprano, en dos o tres trimestres. Esto implica que uno de los componentes más relevantes de una política monetaria seria es que tiene que ser “anticipativa” y no “reactiva”, hecho que obviamente conlleva riesgos importantes, pues los miembros de la FED no son clarividentes.

En cuanto a las variables económicas actuales, según la FED, la importante mejora que se ha visto en los niveles de empleo nacional augura que la inflación seguramente tendrá a subir en los próximos trimestres, y de esa forma lograr que se cumpla el objetivo dual de la Reserva Federal: (1) maximizar el crecimiento y (2) mantener la estabilidad de los precios, entendiéndose esto en que la inflación subyacente se estabilice cercana a 2% año/año.

Pero, como decía antes, la decisión recién tomada no está exenta de riesgos, sobre todo porque el precio del petróleo ha continuado cayendo, y ese hecho es clarísimamente deflacionario. Como argumentaba en una columna anterior, el mayor riesgo económico que yo veo para el mundo mirando a 2016 está atado a una eventual caída adicional del precio del petróleo, o, lo que es lo mismo, una mayor apreciación del dólar norteamericano (desde los niveles actuales que ya de por si son bastante elevados).

El problema es el siguiente: El índice de “bonos basura” en EE.UU. ha perdido muchísimo valor en los últimos meses, en gran parte por el renovado colapso en el precio del petróleo. La cuestión grave es que a menos de que el precio del petróleo se recupere en el cortísimo plazo, una gran cantidad de empresas petroleras de EE.UU. van a quebrar, y esas quiebras implican que hay un riesgo relevante de que las condiciones monetarias de EE.UU. se deterioren agresivamente (porque los bancos dejan de prestar).

Decir que las condiciones monetarias se deterioren agresivamente es análogo a pronosticar una recesión en EE.UU. Mejor dicho, el punto es que la cosa no está nada fácil para los mercados. Como argumentaba en una columna anterior, el mundo en 2016 puede ser un mundo benévolo, como lo fue en 2014, o un mundo catastrófico, como lo fue en 1995, 1997, o en 1999. Y, desafortunadamente, todo depende del precio del petróleo, algo sobre lo que nosotros los ahorradores no tenemos ningún control. Los gajes de la globalización de los sistemas económicos. Es lo que hay.

Nota: Aprovecho para desearle unas muy felices fiestas a mis fieles lectores. Que la Providencia les brinde a todos ustedes mucha salud, felicidad y paz en el año que viene.

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