Los seres humanos le hemos otorgado nuestro poder y confianza a la evolución tecnológica, en especial aquella que llega para combatir todo tipo de problemas socio-ambientales, fenómeno que se conoce como “tecno optimismo”, pensando que la tecnología se encargará de resolver todo lo que nos corresponde como sociedad.

De esta manera, pensamos que en algún momento llegará un desarrollo tecnológico que nos permitirá vivir en un mundo mucho mejor, pero enfermo. Suena chistoso pero así nos hemos acostumbrado a pensar y, sobre todo, a esperar que las soluciones vengan de afuera.

Para quienes así piensan, les recuerdo que las soluciones simples, menos futuristas y más realistas también provienen del pasado. ¡Sí! Preguntémonos entonces ¿cómo consumían nuestros abuelos en aquellos tiempos, sin plástico? En realidad, en el siglo pasado el plástico existía, pero evidentemente nuestros antepasados inmediatos vivían sin él. Recordemos…

Buscar soluciones usando sustitutos o tecnología no es suficiente. Debemos ser creativos, mirar atrás y evaluar cómo funcionaban las cosas cuando los consumidores eran nuestros abuelos y las empresas de los años cincuenta tenían que ser creativas para ofrecer soluciones de empaque sin plástico, por ejemplo. Esa sabiduría popular, práctica y sencilla que hemos perdido gracias a la evolución tecnológica, es la que debemos rescatar.

¿Cómo se empacaban los alimentos? La mayoría de frutas y verduras se cultivaban localmente y existía poca disponibilidad de importados, un gran aporte en términos de huella de carbono. Así como estamos comenzando a ver en algunos mercados saludables, los alimentos se empacaban en papel o grandes recipientes.

La leche, se comercializaba con una persona conocida como “lechero” cuyo oficio era ir de puerta en puerta a llevarla, “fresca”, en botellas de vidrio, y recogía los envases usados para ser reutilizados. Lo mismo sucedía con la cerveza y las gaseosas, cuyos envases se devolvían.

En las carnicerías empacaban la carne en papel, o nuestros abuelos usaban canastas o grandes recipientes para llevarla. Las mermeladas y untables se hacían con frutas de la temporada, en casa, y se almacenaban en envases de vidrio reciclados.

Similar era la forma de los empaques en la categoría limpieza y aseo personal; la mayoría de estos productos se conseguían en envases de vidrio o cajas de cartón, inclusive usadas. Productos como la laca que usaban nuestras abuelas para sus elaborados peinados, se recargaban.

Y, ¿cómo hacían para deshacerse de la basura si no existía el plástico? Puede preguntar y se dará cuenta de que el papel lo quemaban o usaban para calentar la caldera de agua para el baño.

Las bolsas se reutilizaban para las compras semanales. Las sobras de alimentos se aprovechaban para hacer caldos y los huesos se daban a los perros. Las latas las aplastaban para fabricar elementos decorativos, y el papel lo usaban para envolver alimentos y luego de varios usos lo quemaban. Finalmente, mucha ropa, y la comida, eran producción casera; nuestras abuelas eran grandes costureras, y nuestros tíos expertos en reutilizar la ropa que quedaba de sus hermanos.

Estos son algunas de muchas pero sencillas prácticas que funcionaban en el pasado y que podemos retomar, no solo como consumidores sino como ideas para empresarios responsables. Dejemos a un lado el “tecno optimismo” y asumamos con madurez nuestro papel en la sociedad. Volvamos al pasado y ahí encontraremos respuesta a muchas de las soluciones rápidas en las que podemos trabajar.