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En mi anterior columna planteé que, entre las múltiples opciones que Avianca tenía a la mano para su salvación, una de las más eficaces era la declaratoria de bancarrota en los Estados Unidos, a través del famoso Chapter 11. El pasado fin de semana supimos que la aerolínea dio ese paso y, a partir de ahora, contará con las herramientas legales para emprender una reorganización profunda, tanto de sus finanzas como de su operación. Seguramente, la aerolínea reducirá su flota y, en consecuencia, las rutas. Estas son medidas necesarias para su plena recuperación.
Que Avianca haga todo lo que corresponda para seguir volando, y el Estado emprenda las reformas pertinentes para favorecer a los usuarios, que, desde mucho antes de la llegada de la pandemia, venían elevando sustentadas críticas frente a las costosas tarifas de los tiquetes y la calidad del servicio, específicamente por las cancelaciones y retrasos en los vuelos.
Avianca gozaba de una cómoda posición en la oferta aeronáutica nacional. No tenía competidores de peso, razón por la que ejercía un evidente dominio del mercado. Cuando se menciona la posibilidad de abrir los cielos nacionales, para estimular el ingreso de nuevas aerolíneas que compitan en tarifas, frecuencias y horarios, Avianca “mueve sus hilos” para impedir que eso suceda. Los monopolios son dañinos: deterioran al oferente -que se relaja y detiene su proceso innovador- y perjudican a los consumidores que se convierten en prisioneros de tarifas exorbitantes.
Tengo claro que la crisis actual afecta por igual a todas las aerolíneas del planeta. Las más grandes tuvieron que acudir a empréstitos multimillonarios, mientras que las pequeñas probablemente apagarán sus motores para siempre. En este momento, las corporaciones concentran la totalidad de su atención y sus esfuerzos en sobrepasar la situación y, seguramente, no están pensando en la conquista de mercados como el nuestro.
Lo anterior no significa que, en el mediano plazo, cuando las aguas vuelvan a su cauce, Colombia deje ser un destino interesante para la industria aeronáutica. Insistentemente, he repetido que, de cara a la pospandemia, contamos con las condiciones para convertirnos en puerto seguro de nuevas inversiones.
Es necesario introducir cambios normativos y pensar seriamente en una reducción drástica de impuestos, para que los capitales extranjeros vean con buenos ojos a Colombia. Y, en cuanto a una política de cielos abiertos, es menester fijar unas reglas de juego claras.
Ante el evidente interés que despiertan destinos altamente comerciales, resulta fundamental planificar la adjudicación de rutas que incluyan la obligatoriedad de prestar servicios en aquellas regiones que -por su baja demanda- no son comerciales, pero que no pueden ser abandonadas a su suerte. La competencia dinamiza a la economía de mercado, estimula la transformación permanente, beneficia a los usuarios y, lo más importante, democratiza el acceso a bienes y servicios.
Esta no es la primera vez que Avianca padece una dificultad financiera que la obliga a reorganizarse empresarialmente, en el marco de una bancarrota. Confío en que sus directivos y accionistas encontrarán una solución que facilite rápidamente el despegue de sus aviones, lo que no riñe con que paralelamente el Gobierno Nacional implemente medidas que beneficien a la razón de ser de todas las aerolíneas: los pasajeros.
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La prioridad del país debe ser otorgar un mandato democrático claro y confundente a partir de las elecciones parlamentarias, pues si el congreso y la justicia siguen comiendo nube y no se ocupan de destituir a un presidente promotor de la ilegalidad, nos van a capar parados a todos los que damos empleo y pagamos los impuestos