Quien haya tenido el privilegio de asistir a algún baile tradicional de maloquero amazónico, o compartir las fiestas del Corpus Christi en el norte de Boyacá, habrá degustado una de las mayores delicias de la gastronomía criolla: el borugo. Lapa, le dicen en el llano. Conejo, en el Chocó. Tinajo, en la montaña. Asado, moqueado, horneado, este roedor anfibio y nocturno es una maravilla cotidiana del bosque y la cultura rural colombiana, y muestra de la interdependencia entre ecosistema y sociedad. Paradójicamente, como otros cientos de productos autóctonos, su consumo es ilegal, a menos que estrictamente se demuestre que está asociado con la subsistencia. Sin embargo, en muchos mercados locales de regiones con predominio de tradiciones y pueblos indígenas, se comercializan pequeñas (y a veces no tanto) cantidades de carne de monte, como se llama al fruto de la cacería; y también ocasionalmente la autoridad la decomisa, con un criterio mixto que oscila entre el cumplimiento del mandato legal y el ejercicio descarnado del poder clasista y racista, con el cual a menudo se manejan las cosas en este país.