MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
La vida jamás será una línea recta. Desde que nacemos somos hijos del cambio: la naturaleza de la evolución, pero también las circunstancias de la vida, van delineando nuestros caminos. Hoy escribo en medio de muchos sentimientos encontrados que me cuesta nombrar. En Colombia tembló. Y tembló duro. Muchos sentimos como si la vida se detuviera por un instante para redefinirse. Y es precisamente en esos instantes cuando dejamos de ser habituales.
Los cambios repentinos que amenazan nuestra estabilidad muchas veces revelan cualidades que no sabíamos que teníamos. Ya sea que enfrentemos fenómenos naturales adversos o las pruebas inesperadas de nuestra propia existencia, lo imprevisto nos enfrenta con nosotros mismos. Esta vez nos tocó a muchos experimentar un terremoto de una fuerza difícil de olvidar.
Si pudiera nombrar dos de las sensaciones presentes hoy en muchos colombianos, serían fragilidad y miedo.
Por unos instantes, la vida se detiene y no importa nada más que mantenernos vivos. Desaparecen pesos de los hombros y preocupaciones que después entendemos que quizás nunca tuvieron la importancia que les dimos. Manda el instinto de preservar la vida y, en medio de su inmensa fuerza, suceden cosas extraordinarias dentro de nosotros.
Llevamos el foco a lo esencial: salvarnos y protegernos. El corazón está cien por ciento presente. La mente entra en estado de alerta y atención plena y, en nuestra balanza de prioridades, queda solamente aquello que verdaderamente importa: la vida de todos y, especialmente, la de aquellos a quienes amamos.
También nos acordamos de Dios, o de esa fuerza superior que cada uno siente que sostiene la existencia. Oramos, incluso quienes pocas veces lo hacen. Es como si en medio de la dificultad entráramos en sintonía con algo esencial, en ese estado de interconexión que nos recuerda que somos profundamente humanos.
Después del temblor llega otra clase de movimiento.
Cuando pasa la descarga de adrenalina y empezamos a asimilar lo sucedido, aparecen la reflexión y la gratitud. Tocamos la realidad con las manos. Agradecemos haber pasado la prueba, pero al mismo tiempo surge la necesidad de mirarnos y mirar a los demás desde otro lugar: el de la compasión y el amor. Queremos saber que nuestros seres queridos están bien. Pero también que los demás lo estén.
Con el temblor de afuera todo se mueve adentro. Quedamos repensándonos y repensando la vida. Escribimos mensajes, llamamos, buscamos noticias, queremos ayudar. El dolor de otros empieza a sentirse también nuestro y la pérdida adquiere una dimensión colectiva.
Entonces, aquí, en esta noche despejada y fría después de un día que difícilmente olvidaremos, con el corazón puesto en todos los colombianos que están sufriendo, me pregunto: ¿cuál es el sentido de lo que ha pasado?
¿Qué puede enseñarnos un acontecimiento que jamás hubiéramos querido vivir?
Hoy, después de evacuar mi casa con mi hija, mi mascota y mi empleada en la mañana, y de sentir un profundo temor en ese sismo fuerte e incesante, diría que estas cosas suceden también para despertar en nosotros cosas que han sido olvidadas: todos somos uno, la vida es profundamente frágil y hay que valorarla y aprovecharla, y la compasión es el antídoto para un mundo dividido, oscuro y muchas veces hostil.
Los terremotos pueden ocasionar pérdidas y daños irremediables. Y hay dolores frente a los cuales cualquier reflexión resulta insuficiente. Reconstruir no será fácil para quienes hoy han perdido tanto.
Pero quizá, mientras la tierra se aquieta, nosotros podamos permitir que algo continúe moviéndose por dentro. Que lo sucedido nos recuerde quiénes somos, qué verdaderamente importa y, sobre todo, qué estamos dejando de ser.
Mi amor y mi solidaridad están con todas las personas que hoy sufren una pérdida. Las abrazo con mis palabras.
Y aquí estoy, como tantos colombianos, para ser voz, extender la mano y ayudar a reconstruir como sea necesario.
No hay duda de que nuestra democracia tiene fallas y todavía persisten el clientelismo y los feudos podridos en algunas regiones del país
Si un colaborador detecta una condición que podría comprometer la integridad de una atracción, de un visitante o de un compañero, tiene la responsabilidad de reportarla