sábado, 19 de diciembre de 2020

En poco más de 60 días la discusión tributaria se habrá tomado la actualidad nacional, un tema al que le sobra justificación, pero que adolece de concertación de cara al desarrollo del país

EditorialLR

El ambiente navideño y de cierre de un año nefasto para la economía como este 2020, le ha permitido a una incipiente reforma tributaria, la tercera de este Gobierno, colarse por la rendijas y hacerse inevitable.

Sobran las justificaciones de motivos de una nueva cascada de impuestos, que más bien debe llamarse por su nombre real, “una obligación de contribuir” con las arcas nacionales, luego de que estas fueran raspadas por los gastos asociados a la pandemia derivada del covid-19.

Si bien el presidente Duque se había comprometido con no ponerles más impuestos a los colombianos, sus palabras deben pasarse por la faja, pues además de ser una responsabilidad con el país, nadie contaba con una crisis tan severa y mucho menos que la penosa situación llevara a la economía a una de las peores recesiones de la historia; no sobra decir que nunca antes los números rojos en cada trimestre habían sido una constante que obliga a reparar el crecimiento para generar empleo y hacer que el PIB crezca de tal manera que aliviane el costo de tener que pagar una abultada deuda externa que sobrepasa 65% del Producto Interno. Y eso sin recordar que la deuda de inversión social sigue intacta porque al Ejecutivo le ha correspondido ir construyendo sobre la marcha y no alinear sus gastos con base en un fallido plan nacional de desarrollo.

Por primera vez en la historia reciente del país se acepta que una reforma tributaria es inevitable y se acude a todos los jugadores para que esta vez sea eficiente, estructural y ahorre la crónica discusión de cada dos años. ¿Quién puede desconocer que es un imperativo recoger más recursos necesarios para la inversión y para honrar los compromisos?

Nadie, pero lo mínimo es contar con un apoyo real muy distinto al dado a las reformas de años anteriores cuando los gremios acudían a la discusión con un ejército de lobistas que le colgaban todo tipo de excepciones al articulado. Lo mejor, es partir de base cero en muchos frentes y desde esta discusión tributaria que se avecina trabajar por un futuro más estable y prometedor.

Los sectores productivos, laborales, públicos y sociales deben entender que el país necesita una nueva estructura impositiva más universal y llena de beneficios. Ha dicho el ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, que se debe avanzar sobre la universalidad de los tributos y beneficiar a los emprendimientos incipientes, pues no es justo que las nuevas empresas paguen los mismos impuestos que las maduras.

Los impuestos deben ir en paralelo con el desarrollo en un negocio, de lo contrario la carta tributaria asfixiaría a las más jóvenes. El otro punto que siempre es capturado por el populismo es el pago universal de IVA con una sola tarifa que le permitiría al Gobierno Nacional hacer una devolución a los más necesitados con base en un detallado conocimiento de la población a través de un Sisben de cuarta generación.

Las estratos socioeconómicos más bajos no pueden seguir subsidiando la canasta familiar de los más altos, pues el peso en este gasto no es igual en cada familia y hoy en día un huevo sin IVA, por ejemplo, le hace un flaco favor a quienes tienen mayores ingresos quienes pueden pagarlo para que se le devuelva a los más pobres.

Otro mito es la renta de las personas naturales que debe ampliarse, pues declarar renta no es lo mismo que pagar, eso permite que bajar la evasión y hacer que la economía se formalice más rápido y lleguemos a otro nivel de desarrollo.

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