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EDITORIAL

No hay mejor inversión económica que la paz

miércoles, 24 de agosto de 2016
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Esta paz, esquiva para todos los gobiernos que antecedieron la administración Santos, es la cuota inicial de un país en crecimiento.

Por primera vez desde hace 52 años, empiezan a nacer colombianos en un país sin conflicto interno a gran escala y con la determinación de lograr una paz duradera. Los compatriotas que empieza a ver la luz en este rico país, por fin encontrarán las condiciones idóneas para desarrollarse y vivir dignamente, pues gran parte del presupuesto nacional no se destinará en los próximos años a alimentar la máquina de una guerra fratricida que se ha cobrado más de 300.000 muertes violentas en un poco más de medio siglo y cerca de seis millones de desplazados internos. Si bien con la firma del acuerdo de paz de La Habana, con la guerrilla de las Farc, no se consolida un país en plena armonía, sí es un paso fundamental en el camino del anhelado bienestar social y económico.

Este proceso de paz, esquivo para todos los gobiernos que antecedieron la administración Santos, es la cuota inicial de un país en franco crecimiento y en reconstrucción de un tejido social mucho más incluyente en donde quepan todas las vertientes de los nacidos en el amplio territorio nacional. Es completamente cierto que el acuerdo de La Habana no sella la paz en todo el país, que es un hecho que solo aísla la guerra de las Farc contra el Estado, pero no podemos desconocer que con él se logra desmontar la maquinaria de guerra, narcotráfico, secuestro y extorsión más grande de la historia del país. Quedarán peligrosos rezagos como son las células de guerrilleros que no se quieran desmovilizar; las bandas criminales que aprovecharán los espacios dejados por la guerrilla organizada y la debilitada guerrilla del ELN que sigue en el negocio de la muerte y el secuestro. Todas los anteriores protagonistas del conflicto deberán ser combatidos con efectividad y derrotados en el plano militar, de tal manera que la paz se consiga con acciones contundentes y unas instituciones abiertas al diálogo. Si miramos con detenimiento, en los últimos tres lustros el país ha desmovilizado a los paramilitares y a los guerrilleros de las Farc, hechos que deben ser mirados en su conjunto como una muestra de un país que le está apostando por el progreso, independientemente de los gobiernos que lo han logrado.

No hay una mejor inversión económica que la construcción real de un país en paz. El dividendo de esta realidad llegará por añadidura de las inversiones sociales que debe hacer el Estado para consolidar los acuerdos y llegar con su presencia a esos rincones en donde se incubó la delincuencia y se hizo fuerte de la mano del narcotráfico. La noticia de un acuerdo de paz con las Farc aquí nos parece de trámite luego de cuatro o cinco años de negociaciones, pero si la vemos con ojos externos nos daremos cuenta que efectivamente sí es un nuevo amanecer, un compromiso de las instituciones para no volver a caer en la misma guerra fratricida que ha marcado nuestra historia hasta ahora.

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