miércoles, 2 de diciembre de 2020

Por estos días se celebra el Congreso Cafetero uno de los eventos más importantes, no solo por el aporte a la economía, sino por la cultura cafetera que sigue más vibrante que nunca

EditorialLR

La historia económica del país ha tenido tres grandes situaciones que han marcado su destino. La primera tiene que ver con el café, un producto que desde finales del siglo XIX se ha mantenido como el más importante de las exportaciones del agro y que ha hilado una cultura cafetera que se sigue extendiendo y creciendo a nuevos territorios en el país. La segunda situación es la generada por el petróleo, que a mediados de los años 90 desplazó al grano como primer producto de exportación y se convirtió en un foco irremplazable de divisas y utilidades para los gobierno de turno, vía Ecopetrol. Y la tercera situación aún está por venir y descansa en el terreno de lo incierto, pues el modelo económico de las dos últimas décadas no ha desarrollado nada más fuerte que el café y el petróleo, productos de exportación de los cuales se sigue dependiendo. Las materias primas como el petróleo, el café, las flores y algunas frutas, están cumpliendo con su proyecto de desarrollo y no solo son productos de exportación, sino altos generadores de empleos y de servicios conexos; en el resto de la economía hay algo de dinámica industrial y muy pocas manufacturas, sectores canibalizados por fábricas muy competitivas en el continente asiático. Pero esa es otra historia, el tema que nos convoca es destacar el papel de los cafeteros en la construcción económica pasada, presente y futura.

La economía tiene que hablar de café por muchos años más a la luz del comportamiento de los sectores y su dinámica en la construcción de PIB y de tejido social. La economía colombiana le debe mucho al café, pero más a las generaciones de cafeteros que se han sostenido a pesar de las adversidades e incluso se han ido transformando ante las exigencias de los mercados. Hubo una época dorada del gremio cafetero que controló bancos, flotas mercantes, aerolíneas y eran el combustible que hacía mover una economía semirural.

Cuando les sobrevino la crisis se pronosticó que era un triste adiós para la actividad, pero a comienzos del siglo XXI el grano buscó nuevas maneras de sobrevivir en Colombia desplazándose a regiones pobres de barata mano de obras para convertirlas en el nuevo ‘eje cafetero’. Huila, Cauca y Nariño se convirtieron en grandes productores y los históricos Antioquia, Caldas, Risaralda y Quindío le apostaron más a las marcas, la calidad, el turismo cafetero y otras ramas de diversificación. Entre las dos realidades han hecho que se cosechen más de 14 millones de toneladas del grano por un valor de $8 billones y se consolide el café como el producto per se de exportación. En casi 100 años de historia, los cafeteros siguen fundando empresas, diseñando marcas, poniendo en marcha tiendas y generando mano de obra no calificada para estabilizar regiones en permanente conflicto. Hay casi 550.000 familias dedicadas al café y el milagro social cafetero de llevar bienestar a las zonas productoras que se vivió hace décadas en Manizales, Pereira o Armenia, hoy se experimenta en Pitalito, Popayán o Sandoná y centenares de municipios en regiones golpeadas por la guerra fratricida de la que el país no sale.

Como todo, hay cosas por mejorar o de cambiar, pero los demás gremios del agro o de la producción en general, tienen mucho que aprender y repasar de lo que viene haciendo la Federación Nacional de Cafeteros.

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