martes, 4 de agosto de 2020

A ningún presidente de la historia reciente le había tocado manejar una situación como la actual, que sin duda alguna le marcará el futuro más allá de los dos años restantes

EditorialLR

El sábado pasado el Presidente de Colombia, Iván Duque Márquez, cumplió 44 años, dos de los cuales ha estado al frente de la Casa de Nariño, un lapso que no ha sido fácil para el país social, político y económico, pero que ha sabido sortear muy a pesar de las naturales vicisitudes inherentes al cargo más importante de un país de 50 millones de habitantes, de centenares de problemas, pero con la fuerza y determinación para salir adelante.

De Duque hay que aprender que se puede gobernar y solucionar problemas estructurales de vieja data sin acudir al espejo retrovisor y mucho menos apalancado en rencillas politiqueras que desgastan la gestión; quizá esa sea una de las herencias prematuras que empieza a dejar el joven mandatario a quien le corresponderá navegar por turbulentas aguas agitadas por una tragedia nunca antes experimentada por presidente alguno y es la desolación que deja a su paso el covid-19, que más allá del delicado problema sanitario, dejará un rastro de destrucción en la economía familiar y en las debilitadas finanzas del Estado.

Durante este bien entrado segundo semestre del año se cimentarán las bases de la recuperación económica para los próximos 24 meses. Lo primero y más plausible es que se han ido poniendo a andar importantes sectores de la economía para que el desempleo no siga su cabalgante crecimiento ni que la oferta sea menor a las aspiraciones de la demanda; lo único crucial que aún no entra en el engranaje económico es el sector educativo y el transporte aéreo, que seguro serán los últimos en entrar en calor y que una vez comiencen a vivir la nueva normalidad, podría decirse que la economía está andando al 70% de su capacidad. No sobra volver a usar el cliché periodístico de que “es la economía, estúpido” (the economy, stupid) en la que se evidenció que más allá de la gran preocupación sobre la seguridad global de George Bush, eran los ingresos de las familias que abanderaba Bill Clinton, durante el memorable debate presidencial de 1991 en Estados Unidos.

En los próximos 24 meses el Presidente y su equipo de gobierno deben ser conscientes de que se están jugando el futuro y la recordación de que supieron llevar a flote una economía muy golpeada en un entorno muy complicado para todos los países en desarrollo, esos que no tienen fondos de coofinanciación ni dinero prestado por los llamados fondos muertos, tal como puede sucede en Europa. Si el primer medio tiempo de Duque se vio opacado por el mal estado en que recibió la economía, con un desempleo creciente y una deuda en sus máximos históricos, además de una férrea actividad de la oposición política que convocó marchas por todo y para todo, la segunda parte debe concentrarse en avanzar en las reformas estructurales (laborales y pensionales), en asegurarle a las empresas un entorno de crecimiento con seguridad jurídica y lograr que el Estado avance firme en esas regiones en donde dejó de existir y fue reemplazado por las guerrillas transformadas en grupos residuales de narcotraficantes. El país no puede parar, no puede seguir en cuarentena económica, debe caminar en una suerte de economía de la vida, pero ante todo, el Presidente debe ser consciente de su liderazgo, de su juventud y de la gran oportunidad que le depara el futuro más allá de 2022, pues él le ha abierto la puerta a una nueva generación política que cierre de una vez por toda vicios políticos enquistados como la corrupción.

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