sábado, 25 de enero de 2020

Colombia vive una época dorada de grandes cantantes que pesan en los mercados internacionales, pero a pesar de la dinámica se necesita más economía del entretenimiento

EditorialLR


No es raro que al viajar por otro país se escuche en una estación radial de carretera, en el hilo musical de un establecimiento comercial o en un concierto a un músico o cantante colombiano. Además de los tradicionales J. Balvin, Juanes, Shakira o Carlos Vives, hay una nueva camada de artistas que por sí solos son unas auténticas empresas multilatinas que han abierto mercado a golpe de talento.

El fenómeno es nuevo y está vinculado a una suerte de resurrección de los conciertos en Colombia y de la masificación de la llamada música urbana, a la que poco a poco se suma silente la música popular, que hoy es la más masiva en términos de descargas y de lleno de espectáculos públicos.

Hay un auténtico boom de música y de artistas “Made in Colombia” de generación espontánea, muy lejos de los conceptos preformateados industrializados por Corea del Sur con sus productos K-Pop o el desarrollo deliberado de la música estadounidense, que desde hace casi 70 años ha abierto espacios en todos los rincones del planeta.

El sector musical colombiano está creciendo de manera silvestre en todos los géneros y el Gobierno Nacional lo ha enmarcado en las industrias creativas, tal como debe ser, pero más allá de fomentar más y nuevos músicos a través de escuelas y espacios de creación pedagógicos, lo más importante es generar escenarios de conciertos, bajos impuestos para traer artistas internacionales, incentivos tributarios y llevar a todos los municipios del país figuras reconocidas. Además, es una de las mejores maneras de alejar a los más jóvenes de la violencia.

Colombia experimenta un gran momento en todos los ambientes, culturales, sociales y económicos, que es fundamental identificarlos para poderlos potenciar y la música es uno de ellos, por supuesto, las nuevas tecnologías, internet de las cosas, la inteligencia artificial, las plataformas en internet, entre otras, van a afectar al sector y a sus protagonistas y todos deben estar preparados.

Hay un cambio radical en los hábitos de consumo de música lo que ha impulsado el negocio del streaming que, dicho de otra manera, no es nada distinto que una interface o plataforma disruptiva omnipresente. Spotify, AppleMusic, Amazon y YouTube están en una guerra de gigantes por quedarse con el favor de los usuarios que antes tenían reproductores o discos; ahora, para tener una canción hay que pagar por ella una suscripción que le permite tener la musiteca más grande que haya existido.

Spotify se mantiene líder con 113 millones. AppleMusic, que se inventó este nuevo negocio, tiene 60 millones de usuarios suscritos frente a los 55 millones de Amazon Music, ambas empresas presentes en casi todos los países del mundo libran una batalla millonaria.

Por supuesto, ya hay una empresa china llamada, Bytedance, que empieza a meterse en el mercado occidental y ofrece a los artistas miles de millones de usuarios asiáticos. También ha llegado al mismo segmento la aplicación de microvideos, TikTok. El punto es que en un mundo cambiante y de guerra de plataformas que facilitan el disfrute de la música, lo que más pesa es lo que tiene Colombia: los artistas.

Y antes de que se viva una experiencia como la de Uber, nuestros artistas necesitan marcos jurídicos globales que les hagan respetar sus derechos de autor y de distribución de sus obras. Es un mundo que se mueve rápido y requiere líderes que actúen a igual velocidad.

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