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EDITORIAL

Buen ejemplo de las buenas prácticas

martes, 4 de noviembre de 2014
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Peligrosa la arremetida del Gobierno a prácticas cafeteras que han funcionado y que deben conservarse. 

El consenso es general acerca de que uno de los principales problemas que enfrenta la agricultura no es siquiera el mismo azaroso proceso de producción, afectado por una serie de factores que es muy difícil controlar, sino el de la colocación de las cosechas en el mercado, esto es, la comercialización, sobre la cual no solo recaen factores objetivos, sino una serie de distorsiones y fallas de mercado que sin duda golpean a los mismos productores. Un solo ejemplo demuestra esa realidad: son pocos los agricultores que conocen en el momento de la siembra, los niveles de precios cuando ya tienen listas las cosechas; en otras palabras, así adopten todos los cuidados, sean eficientes en el proceso y hagan juiciosos ejercicios de planeación, no tienen idea de la parte final del ciclo, el precio del fruto de su trabajo.

El agro ha estado sujeto a todo tipo de vaivenes del manejo económico, a la permanente interferencia política, a una débil capacidad institucional para responder a los retos y hasta un cierto desprecio de la tecnocracia central. La cruda realidad es que injustamente al sector se le ha aplicado la máxima de quienes manejan los agregados de que “la mejor política agropecuaria es la política económica”, cuando la verdad es que las características de cada renglón de la estructura productiva es muy distinta y requiere de su propia instrumentación.

No está en la agenda regresar a modelos en los que la intervención del Estado produzca daños graves a las reglas del mercado, ineficiencias y corrupción. Nos referimos a experimentos como el Idema que terminó desangrando las arcas oficiales y no sirviendo a los agricultores, en particular a los más necesitados. Pero tampoco se debe ser indiferente que los productores queden sujetos a las reglas de los intermediarios que fijan caprichosamente precios, condiciones, lugar de entrega y forma de pago y si no son aceptadas esas reglas no compran los productos y los tienen que vender en las carreteras, so pena de perderlos por su carácter perecedero.

Sin duda que el esquema cafetero de comercialización, con la garantía de precio y compra de la cosecha requiere ajustes, pero nadie puede desconocer que el esquema ha funcionado y ha permitido unos niveles de bienestar y prosperidad en las zonas productoras. Un modelo aproximado debería tenerse en otras actividades del campo y evitar desprotección, en el entendido que las particularidades de la producción agraria son muy distintas a las de sectores como la industria.

El Estado, a través de sus instituciones está obligado a jugar un papel determinante en el apoyo al campo, el cual no se alcanzará si no se pone atención a esa producción vital de la vida nacional.

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