viernes, 25 de octubre de 2013
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Hay un calendario en Colombia que es urgente actualizar, modificar, reformar a fondo para devolverle el sentido de identidad, de conmemoración, de respeto y relevancia que debe tener: hablo del calendario de los días de fiesta.

En el almanaque son 18 nuestros días de descanso, lo cual nos ubica como el segundo país con más asuetos en América Latina, después de Argentina (19). Eso no está mal sobre todo si se tiene en cuenta que somos uno de los que goza de vacaciones más cortas para los trabajadores: apenas 15 días. En Brasil son 30 de descanso laboral y 10 feriados; en Perú, 30 y 10, en Ecuador, 25 y 11, y en Argentina pueden ser hasta 35 días, según la antigüedad del empleado, y 15 los festivos.

Pero el problema no es la cantidad sino la calidad, la significación y en últimas el rito. En su origen, un día de fiesta es un recordatorio de una marca trascendental para la historia de un pueblo, un llamado a la reflexión, a agradecer, a reencontrarse, a no olvidar.

Nuestro almanaque festivo perdió mucha de esa esencia, en parte por la Ley Emiliani (que trasladó varias fiestas religiosas para el lunes próximo), pero sobre todo porque desde siempre estuvo cargado en exceso de fiestas religiosas sin mayor trascendencia ni significado. Es un lastre de la Constitución de 1886, confesional y conservadora, y del triste concordato que estuvo vigente hasta 1993.

Siendo así, pregunto yo, qué sentido tiene para el país el 6 de enero como día de los Reyes Magos; el 19 de marzo como día de San José; el 13 de mayo, dizque de la Ascensión; el 3 de junio, Corpus Christi, o el 15 de agosto, día de la Asunción (sí, distinto de la Ascensión). Inclusive, qué sentido tiene el 10 de junio como día del Sagrado Corazón, si ya no somos el país del Sagrado Corazón, por mandato de la Corte desde el 94.

Preservar esas fechas es, por un lado, una infracción contra la libertad de credos que rige en Colombia, pero sobre todo es una forma de eternizar una pequeña farsa: la de tener fiestas y gozar del receso sin que la enorme mayoría tenga idea de qué se celebra. 

Eso hay que cambiarlo. Desde esta modesta columna lanzo la propuesta para modificar el calendario de los feriados. A pesar de su inevitable proceso de deformación mercantil y turística, con la Navidad y la Semana Santa no me voy a meter porque nadie puede dudar de su enorme fuerza convocadora y de la necesidad absoluta de ese par de treguas al año. Con San Pedro y San Pablo, tampoco, porque independiente del carácter religioso, esta fecha ha logrado derivar hacia manifestaciones muy fuertes de identidad regional y de cultura popular, con algunos de los festejos más bellos del país en la zona del Tolima Grande, pero también en sitios tan distantes como Sincelejo y Leticia. Lo mismo puede argumentarse de la Inmaculada Concepción (7 de diciembre) en cuya noche los colombianos, de Pasto a Maicao, hacemos un rito único en el mundo que es encender velas y faroles. Si se venera a la virgen o no es lo de menos; lo importante es que una noche del año, paramos y hacemos “el alumbrado” en la calle, en un simbolismo de compartir la luz, el calor.

Ese es precisamente el punto. Mi propuesta es resignificar las fiestas, las que no tienen ya ninguna carga de nada. La antropología tiene la sospecha de que la violencia siempre respeta los espacios sagrados, la fiesta, el carnaval; y la sociología nos dice que la identidad se construye y se afianza en lo que compartimos como grupo, en lo que nos convoca. En un país signado por el dramatismo, por mil formas de violencia, donde los criminales pueden llamarse Sor Teresa, y con personajes horrendos como la Gata y la Guette; donde los ‘paras’ y ex ‘paras’ se admiten caníbales; donde se celebra matando con balas perdidas, se quema con ácido… en un país así el cambio en los símbolos debería ser prioridad; asunto de Estado.

La propuesta entonces es sacar del almanaque los Corpus Christi, las ascensiones y asunciones y promulgar otras fechas con un nuevo carácter ritual. El proyecto de ley del Congreso para que el 21 de octubre sea fiesta, por Santa Laura Montoya, me parece bien porque a pesar de que Juan Pablo II devaluó los altares, es importante tener un colombiano en el santoral. Del mismo modo, el 5 de noviembre debería ser un día de conmemoración nacional por nuestro holocausto, para decir un nunca más a los hechos del Palacio de Justicia. Colombia es un sitio excepcional, aun a pesar de tanto colombiano; qué tal un día del año en que honremos aquellos lugares o tradiciones que han sido reconocidos como patrimonios del mundo: Cartagena, Mompox, San Agustín, Malpelo, Katíos, Tierradentro, la cultura de Palenque, el carnaval de Curramba, el del diablo en Riosucio, Semana Santa en Popayán.

Ahí les queda esa propuesta.