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ANALISTAS Emprendimientos excluyentes
viernes, 26 de julio de 2013
La República Más
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Una fábula habla de un hombre que encontró  una larva a punto de salir del capullo. Como parecía que no lo lograba, el señor quiso ayudarle rompiendo parte de la membrana que la retenía; pero entonces sucedió que la mariposa salió débil, porque el esfuerzo que hacía para romper el capullo era parte del mecanismo que le hacía fortalecerse para volar, de modo que la mariposa vivió arrastrando unas alas fofas durante su corta existencia.
 
A veces las instituciones que promueven el emprendimiento deciden abrir sus programas sin establecer mayores exigencias a quienes quieran vincularse; es una forma de ser incluyentes. Sin embargo, necesitamos reconocer que el emprendimiento dista mucho de ser un ejercicio académico que se surte con la entrega de evaluaciones periódicas. El emprendimiento es, ante todo, un proceso a través del cual los individuos se enfrentan a la realidad compleja, marcada por intereses y restricciones sociales, políticas y económicas, en la cual la primera certificación válida es la supervivencia. Queremos ayudar a la gente a surgir, pero nos pasa lo mismo que al hombre de la mariposa, porque se nos olvida que el sacrificio es condición sine qua non del crecimiento humano. Así, terminamos por debilitar incluso el trabajo de los que realmente tienen las condiciones para sacar adelante su empeño emprendedor, porque hay muchas realidades a las que no se enfrentan; no corren riesgos. El interés por la inclusión puede resultar excluyente.
 
La visión distorsionada que tenemos del bienestar -o de la educación- se vuelve un obstáculo; el Estado de Bienestar, que tiene a Europa en crisis, nos distrae de las cimas que debemos escalar cuando queremos luchar por nuestros sueños o levantarnos luego de un fracaso. Como afirma Santiago Álvarez de Mon: “en la sociedad occidental de hoy se dan por descontadas cuestiones, posibilidades y valores que otras generaciones y/o civilizaciones menos afortunadas mimarían y protegerían con esmero y celo. La generosidad de la oferta cultural, mediática, educativa, deportiva, turística, buena en sí misma, puede gradual e inconscientemente contribuir al parto y consolidación de una ciudadanía débil y plañidera”.
 
Quisimos ayudar a los jóvenes a través de la educación; sin embargo, con la promoción automática minamos su posibilidad de ser competitivos; tratamos de amparar a las personas en condiciones de vulnerabilidad y los saturamos de subsidios del tipo Familias en Acción, que desestimulan en ellos el esfuerzo de valerse por sí mismos. En definitiva, queremos ayudar al hombre pero no creemos en él, en su capacidad de superación; y en estas condiciones ninguna política pública o campaña de responsabilidad social logrará resolver nuestras necesidades de desarrollo.
 
La teoría lo dice: los rasgos del emprendedor son la motivación al logro; la identificación de oportunidades; la capacidad de correr riesgos; el aprendizaje de los fracasos; la combinación entre planeación y toma de decisiones. ¿Cómo se aprende esto? En la práctica; no hay otro camino. Lo demás es el festival de títulos y certificados que caracteriza a las sociedades de comienzos del siglo, y que nos lleva a mirar con temor las incontables cohortes de técnicos y profesionales que salen a buscar un puesto con su cartón debajo del brazo. Luego de haber sido educados…
 
El camino está trazado; las amenazas de desaceleración industrial son la oportunidad ideal para mover a jóvenes y adultos a probar sus propias competencias de cara al mercado. El paradigma no es la estabilidad, sino la incertidumbre. ¿Cómo vamos a diseñar entonces los nuevos programas incluyentes?