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Su caída se aceleró cuando atendió personalmente a Nicolás Maduro mientras venezuela atravesaba una crisis alimentaria
En 2017, Nusret Gökçe —mejor conocido como Salt Bae— se hizo viral y elevó un acto cotidiano a espectáculo. En esa mezcla de teatralidad, lujo y redes sociales, encontró la fórmula perfecta para construir un imperio que, igual que el romano, se desplomó. Ya no hay expansión, ha tenido que cerrar puntos y enfrentar millonarias pérdidas.
Sus restaurantes, bajo la marca Nusr-Et, no eran establecimientos para comer de manera típica. El emprendedor detrás de la cadena ofrecía una experiencia diseñada para ser fotografiada, grabada y compartida.

Durante un tiempo, todo funcionó. Celebridades, futbolistas, magnates y figuras del entretenimiento desfilaron por sus mesas. Los platos —algunos cubiertos en láminas de oro— alcanzaban precios de hasta US$2.000 que desafiaban cualquier lógica gastronómica. Pero eso no parecía importar. Sus platos, sus restaurantes, se habían convertido en marcas aspiracionales.
A medida que el furor inicial se desvanecía, comenzaron a aparecer las primeras grietas. Críticos gastronómicos cuestionaron la calidad de sus platos, señalando que la experiencia visual superaba con creces el nivel culinario. Paralelamente, exempleados denunciaron condiciones laborales problemáticas en algunos de sus restaurantes, especialmente en Estados Unidos. Lo que antes era fascinación empezó a mezclarse con escepticismo.
Pero hubo un punto de quiebre. En 2018, Salt Bae atendió personalmente al entonces presidente venezolano, Nicolás Maduro, en uno de sus restaurantes en Estambul. El video, difundido en redes sociales, mostraba una escena de opulencia: cortes de carne, gestos teatrales y sonrisas cómplices. Todo esto mientras Venezuela atravesaba una de las crisis económicas y humanitarias más profundas de su historia reciente.
La reacción fue inmediata. Para muchos, era una imagen difícil de digerir: lujo desbordado frente a la escasez extrema. La indignación se tradujo en protestas, críticas masivas y un deterioro acelerado de la imagen pública del chef.
El personaje que antes parecía carismático comenzó a percibirse como excesivo. Su presencia en eventos y apariciones públicas —cada vez más frecuentes— dejó de ser exclusiva. Incluso episodios como su comportamiento en la final del Mundial de 2022, donde irrumpió en el campo y manipuló el trofeo, alimentaron la sensación de que la figura había cruzado una línea.
El desgaste se volvió evidente. Algunos de sus restaurantes comenzaron a cerrar, especialmente en mercados clave. La marca, que había crecido impulsada por la viralidad, empezaba a enfrentar las consecuencias de depender demasiado de ella.
Aunque ha indicado que planea recuperarse, quizás, no pueda recuperarse del golpe reputacional que él mismo se propinó. Su desvalorización entre el Jet set hace pensar que su momento pasó y pocas celebridades querrán ser asociadas con alguien acusado de maltratar empleados y que no tuvo problema en atender personal y complacientemente a Nicolás Maduro, líder de un cuestionado régimen y denunciado por violar derechos humanos.
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