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lunes, 24 de noviembre de 2014
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Ripe

Existimos en varios servidores como una enorme colección de datos. Son pequeños apuntes recolectados a lo largo del día a partir de acciones que a simple vista parecen inocentes. Esa foto que compartimos en Instagram, esa búsqueda en la web, esa pulsera que nos dice que debemos caminar más o subir más escaleras, esa comida a domicilio que pedimos desde el navegador puntos sueltos que unidos con la línea adecuada trazan un perfil exacto de nuestras vidas.

Es una batalla que hemos ido perdiendo poco a poco, encandilados por la promesa de estar al tanto de lo que hacen nuestros amigos, de presumir de la última compra o de ahorrar tiempo y esfuerzo a la hora de conseguir unas entradas de cine o teatro. Según un reciente estudio de Pew realizado en Estados Unidos, el 91% de los adultos cree que los consumidores han perdido el control sobre cómo las empresas privadas recopilan información de sus clientes. El 61% no confía en la promesa que hacen muchas redes sociales, buscadores o tiendas online de que esos datos se usan para ofrecer mejores servicios.

Mercado de publicidad

Lo cierto es que gigantes como Google, Facebook o Twitter han conseguido amasar con el paso del tiempo perfiles personalizados muy lucrativos que venden al por mayor. Cuanto más los usamos, más conocen sobre nosotros. Saben lo que nos gusta, qué buscamos y dónde estamos y esa información resulta increíblemente apetecible en el mercado de la publicidad.

En vez de lanzar un mensaje al aire basándose en estimaciones de la audiencia, los anunciantes ahora pueden segmentar sus comunicaciones con un nivel de detalle impensable hace sólo una década. Si quiero que mi anuncio llegue sólo a jóvenes solteros del Barrio de Salamanca en Madrid, ahora puedo hacerlo. Si prefiero mujeres de más de 60 años con nietos en Bilbao, también. Mi restaurante puede mostrar publicidad en los navegadores de aquellos que están en los códigos postales cercanos o mi tienda de ropa mostrar las últimas novedades junto a los resultados de búsqueda en aquellos hogares que generen más de US$90.908 en ingresos.

Para Facebook, esto se traduce en que cada usuario de la red social vale cerca de US$1,98  por trimestre. Twitter puede llegar a «exprimir» cientos de euros al año en valor de sus perfiles más activos. No son cantidades sorprendentes, pero al multiplicar por los cientos de millones de usuarios de estos servicios, las cuentas salen redondas.

Estos datos, por lo general, están «anonimizados». Separados de nombres y apellidos o información que se considera sensible, como la dirección de correo electrónico o postal. Los usuarios más avanzados tal vez hayan optado en las configuraciones de privacidad, además, por evitar dejar rastro de su actividad. Pero de poco sirven estas capas de protección. Cruzando diferentes puntos es relativamente sencillo obtener un perfil único y realista de cualquier usuario. Lo que no contamos en un sitio, lo contamos en otro. Tal vez no digamos a la red social dónde estamos cenando pero esa foto que subimos del plato principal tomada con el móvil tiene las coordenadas GPS y deja poco lugar a dudas.

Protección

Entre el público, sobre todo, hay resignación. La ley europea protege, en teoría, a los usuarios de las redes sociales y servicios de Internet. Los ciudadanos de la Unión tienen la facultad de controlar sus datos personales (cualquier información que permita identificarte o hacerte identificable) y la capacidad para disponer y decidir sobre los mismos. Pero como suele ser habitual, los servicios en Internet avanzan mucho más rápido que la legislación. Se vigila a grandes empresas como Facebook o Google pero servicios pequeños y recientes que de repente ganan popularidad pasan bajo el radar o almacenan los datos de los usuarios en el extranjero, donde el control resulta más difícil. Las aplicaciones móviles suponen un problema añadido. Muchas de las gratuitas lo son porque el negocio llega por toda la información que es capaces de recolectar en segundo plano.

Europa está en pleno proceso de crear una legislación más completa sobre el fenómeno. La actual es de 1995. «La confianza en algunos servicios de Internet está dañada, y solo puede repararse con más privacidad y más garantías para el ciudadano», aseguraba recientemente JoséŽ Luis Rodríguez Álvarez, director de la Agencia Española de Protección de Datos. La agencia tiene en su página web varios vídeos que enseñan a elevar el nivel de protección en los servicios más comunes y los navegadores más utilizados. La agencia recomienda también a las compañías adquirir un papel proactivo que evite futuras sanciones. Pero parte de la solución pasará también por entender qué entienden las nuevas generaciones por privacidad y qué consideran aceptable en el uso habitual de la red.

Un estudio de la Universidad del Sur de California presentado a mediados de 2013 concluía que los usuarios de 18 a 34 años de edad tienden a ser más permisivos con el uso de sus datos personales en al red. «Los usuarios más jóvenes aceptan que compartir algunos de sus datos puede generar algunas ventajas», asegura Jeffrey I. Cole, director del centro que elaboró el estudio. Estas generaciones son conscientes del sacrificio y tienden a mostrarse cautas con lo que comparten en las redes y sienten que tienen control sobre el flujo de información. Los usuarios de entre 18 y 29 años, de hecho, tienden a borrar su historial de navegación, cookies o usar seudónimos con más frecuencia que los usuarios de más edad.

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