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En Bogotá, la memoria tiene textura de ladrillo, se mueve a ritmo pausado y radial, mantiene una relación íntima con el paisaje, con sus cerros y fríos vientos que se concentran en el cemento de su suelo y en sus no tan altos muros. Pocos arquitectos han contribuido tanto a la identidad urbana como Rogelio Salmona, cuyas obras, más que espacios, son lugares que han transformado la ciudad, la manera en que esta se piensa, se camina y se habita.
La reciente postulación ante la Unesco de cuatro de sus obras -Torres del Parque, la Biblioteca Virgilio Barco, el Archivo General de la Nación y el edificio de posgrados de la Universidad Nacional- es una pausa, una invitación a mirar con atención y detenimiento a Bogotá, a la suya, la nuestra -la de todos-, a caminar en espiral y a ser parte de un sistema de encuentros.
El legado de Salmona es material: está en la precisión del trazo, en el uso consciente del ladrillo artesanal y en la forma en que la arquitectura dialoga con el tiempo, el clima y la vida del bogotano que camina y camina su ciudad. Es experiencia: espacios pensados para ser recorridos y no solo observados; habitados y no únicamente conservados. Esa condición es la que los convierte en patrimonio vivo.
Salmona desborda su materialidad. “Construyó una arquitectura para la felicidad”, dijo William Ospina; a diferencia de Le Corbusier, quien fue su maestro, las propuestas de Salmona no se agotan en la resolución funcional, sino que además configuran una experiencia urbana orientada a la contemplación, el encuentro y la vida en común de los humanos, sus materiales y la naturaleza. En estos espacios, la memoria colectiva se activa a través de una sensibilidad arquitectónica que integra la luz, el agua, la continuidad de los recorridos y el diálogo del ladrillo con el paisaje andino. Se trata de una belleza que rehúye lo ornamental para afirmarse como principio cívico: una forma de comprender el espacio público no solo como infraestructura, sino como derecho, pedagogía sensible y fundamento para el encuentro de la comunidad.
Salmona dotó a Bogotá de un lenguaje propio. Su arquitectura ayudó a consolidar una identidad urbana que entiende la ciudad como escenario cultural, como lugar de diálogo y de reconocimiento mutuo. Cada una de las obras postuladas expresa esa visión: la arquitectura como pedagogía silenciosa de ciudadanía.
La intención de nominar la obra de Salmona como patrimonio mundial, entonces, no es una pretensión de reconocer el pasado arquitectónico de una ciudad. Es hablar del presente y de aquello que sigue vivo en la mirada y en la vida del bogotano y del extranjero. La obra de Salmona continúa modelando prácticas urbanas, formas de encuentro y maneras de imaginar la ciudad. Su vigencia radica en haber concebido espacios que resisten el paso del tiempo no por cuenta de la nostalgia, sino gracias a la poética del encuentro.
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