Analistas

La cara oculta de la tecnología digital

En una época en la que circulan en masa mensajes falsos a través de WhatsApp son necesarias la investigación y reflexión acerca del papel de las plataformas digitales en nuestro entendimiento de la política y la sociedad. ¿Cómo las estructuras de poder tradicionales dominan herramientas que se creen democráticas?

La tecnología digital es entendida como una fuerza que surge de manera espontánea y causa transformaciones radicales en la sociedad. La tecnología no es en sí misma buena o mala pero su origen contiene una serie de elementos invisibles que condicionan a la sociedad.

El desmantelamiento de modelos de negocios industriales, la proliferación de plataformas digitales gratuitas que facilitan la divulgación de ideas y, sobre todo, la presencia de las audiencias en espacios anteriormente reservados a los medios de comunicación hacen pensar en un cambio radical en nuestra sociedad.

Somos testigos de señales evidentes que nos entusiasman: emprendedores online han logrado capitalizar la lógica de la Red para lanzar productos innovadores que horadan el modelo económico de industrias tradicionales en ámbitos diversos como la comunicación, la hotelería, el transporte y la educación.

Resulta palpable también una cierta democratización del acceso a las redes de comunicación que permite la circulación de ideas plurales, la remezcla de contenidos y la protesta social. La audiencia goza ahora de un poder inusitado para producir, distribuir y recomendar contenidos que afectan la percepción de lo que creemos relevante y, de paso, compiten con los medios tradicionales por la atención del público.

Sin embargo, la euforia que provocan estos movimientos visibles y revolucionarios opacan otras dimensiones tecnológicas que permanecen en la sombra y que condicionan nuestro accionar.

Poco se habla, por ejemplo, de las fuerzas que interactúan con la tecnología digital para hacer que el cambio ocurra en una dirección específica y no en otra.

La primera de esas fuerzas es el diseño y la automatización de la tecnología digital impuesta por un grupo de compañías desde Silicon Valley. Los algoritmos de Facebook, Google y Amazon contienen unas inscripciones que condicionan la forma como los usuarios reciben contenidos y símbolos, de los que luego echan mano para interpretar su realidad social.

El insumo constante de la actividad de los usuarios y sus bases de datos refuerzan esa dinámica porque sirven a las compañías tecnológicas y de medios para tomar decisiones informadas respecto al comportamiento de la audiencia en la red. Así mismo, la automatización en la producción y distribución de contenidos condiciona el tono y el volumen de la discusión, de tal manera que la idea romántica de lo democrático en los espacios digitales debe ser mirada con pinzas.

La segunda es el poder de ciertas instituciones para condicionar el diálogo público en las redes sociales a través de la apropiación de la tecnología. Contrario al pensamiento determinista que proclama el fin de la autoridad y de las instituciones en la Red, agencias, medios, políticos y grupos económicos constituidos tienen el músculo necesario para desplegar equipos en redes que no solo monitorean el comportamiento de los usuarios para hacerse una idea de sus gustos, sino que también son capaces de predecir y cambiar la conversación online a su favor.

Ese poder, que en ocasiones parece deslegitimarse por protestas espontáneas de usuarios indignados, termina por afianzarse de acuerdo a grupos de interés que aprenden rápidamente cómo utilizar la tecnología a su favor, incluso con la implementación de bots y tecnología artificial, para asfixiar el espíritu colaborativo y democrático de las redes.

Lo ocurrido recientemente en las elecciones en Estados Unidos con Facebook es prueba del uso que hacen los poderosos de la tecnología y lo vulnerables que resultan los usuarios frente a esas manipulaciones.

En Colombia, el uso desmedido de WhatsApp para difundir información falsa y generar miedo entre la población frente a las elecciones presidenciales de 2018 hace pensar que se trata de campañas estructuradas desde distintos grupos de poder.

Esta tendencia de domesticar a la tecnología digital en favor de los poderosos no es nueva. Thomas Streeter, en su obra The Net Effect, ha mostrado cómo grupos económicos y políticos doblegaron los orígenes comunitarios de la Internet para reforzar ideas neoliberales que confinaron simbólicamente a la tecnología digital a un producto capitalista inventado por dos tipos emprendedores en un garaje.

Fred Turner, en su libro The Democratic Surround, ha expuesto cómo la tecnología multimedia fue utilizada en los años 60s por grupos políticos y artísticos para recomponer a través de imágenes psicodélicas la personalidad democrática y moral de Estados Unidos y, al mismo tiempo, luchar contra la personalidad autoritaria del fascismo.

Existe entonces la necesidad de entender desde la investigación académica esas dinámicas invisibles que moldean el ecosistema de medios desde el poder y condicionan nuestro entendimiento de la sociedad a través el uso de la tecnología digital. Esa capacidad de comprender cómo se modifican y transmiten los mensajes a través de las plataformas digitales es la que finalmente nos permite identificar la manipulación.