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ANALISTAS 17/10/2026

La importancia de empezar despacio

Tatiana Arango M.
Macroeditora digital de Diario La República
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Siéntese con la espalda recta en una silla o en el piso. Respire por la nariz, inhale y exhale en cuatro tiempos. Ahora empiece a mover lentamente su cuello en círculos sincronizando esa movilización con su respiración. Muy despacio, rote sus hombros hacia adelante y hacia atrás. Detenga el movimiento. Acaba de hacer el inicio de un calentamiento de una práctica de yoga. Parece sencillo, ¿no? Pero esa aparente sencillez guarda un propósito.

La idea con estos movimientos, que pueden parecer simples, es que poco a poco el cuerpo gane movilidad, los músculos se activen y las posturas empiecen a conectarse. Solo después llegan las posturas que exigen más fuerza, equilibrio o flexibilidad. Yoga nos enseña que debemos prepararnos antes de exigirnos, pero ¿por qué en la vida pretendemos comenzar directamente por lo más difícil?

Esa es la primera lección poderosa al practicar yoga: el calentamiento no es un trámite. No es algo que hacemos mientras esperamos que empiece la verdadera clase; es una parte esencial de la práctica. Su función es preparar progresivamente el cuerpo para las exigencias que vendrán. Saltarse esa preparación puede hacer más difícil el movimiento y aumentar el riesgo de molestias o lesiones. El problema es que a veces confundimos comenzar despacio con estar perdiendo el tiempo.

Este ejemplo podemos extrapolarlo a otras disciplinas: queremos correr una maratón sin haber construido resistencia, dirigir equipos sin haber aprendido a escuchar, emprender sin conocer el mercado o alcanzar una posición profesional sin recorrer el proceso que nos prepara para asumirla. En resumen, queremos todo para ya sin pasar por el esfuerzo que requiere llegar al resultado. Los Yoga Sutras de Patanjali, esos textos milenarios que nos enseñan los principios filosóficos del yoga, introducen un concepto llamado Vairagya, que se traduce como desapego. La práctica de Vairagya nos enseña a poner nuestra energía en la acción presente, liberándonos de la ansiedad por el resultado final. Creo que esto nos da una nueva perspectiva para observar nuestros propios procesos.

En algunas clases de yoga, el profesor invita a establecer una intención al comienzo de la práctica. Puede ser cultivar paciencia, trabajar la concentración, escuchar el cuerpo, practicar la gratitud o simplemente estar presente. La intención no tiene que ser una meta física. Claro que puede serlo, como conseguir una postura difícil. Pero y qué tal si cambiamos la perspectiva (y la intención) por: aprender a respetar el proceso que nos llevará hasta esa postura compleja. La meta nos dice adónde queremos llegar. La intención nos recuerda cómo queremos recorrer el camino.

Llevémoslo al mundo empresarial: una organización puede tener una meta de crecimiento, pero necesita claridad sobre los principios con los que pretende alcanzarla. Lo mismo ocurre con nuestras decisiones personales. ¿Cuántas veces comenzamos algo teniendo muy claro qué queremos conseguir, pero sin preguntarnos cómo queremos vivir el proceso?

En yoga podemos obsesionarnos con la postura más difícil de la secuencia, especialmente cuando vemos a otros conseguirla. Y esa obsesión puede llevarnos a forzar movimientos, compararnos o ignorar las señales del cuerpo. En la vida hacemos algo parecido: nos comparamos con personas que llevan años construyendo lo que nosotros apenas comenzamos. Queremos llegar al resultado sin haber recorrido su preparación. Pero empezar despacio no significa avanzar siempre despacio. El calentamiento tiene una función: permitirnos aumentar progresivamente la intensidad. No se trata de permanecer indefinidamente en lo cómodo, sino de construir las condiciones para asumir desafíos mayores.

La clase comienza con movimientos sencillos que quizá no parecen especialmente importantes. Pero, al final, cuando llegamos a una postura exigente, entendemos que el cuerpo no llegó allí de repente: fue preparándose durante toda la práctica. Porque no basta con preparar el cuerpo para llegar a la postura. También importa recordar por qué queríamos llegar hasta ella.

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