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Soft es el nuevo hard (Parte 2)

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La innovación disruptiva está de moda en el mundo de los negocios, primordialmente porque funciona. Prácticas impensables como abrir la puerta a nuestro hogar y carro a completos extraños están aquí para quedarse, es tanto así que hoy presentan una amenaza real y presente para los servicios más tradicionales.

En la misma línea, propongo irrumpir en el mundo laboral haciendo un llamado a repensar el tradicional modus operandi basado en la creencia que “el más fuerte sobrevive” y que “más es más”.  Tomando conceptos establecidos por la proposición de la innovación disruptiva, sabemos que el más estratégico es quien sobrevive – y sobresale – aunque no sea el más fuerte, o el más grande. El ejemplo clásico e histórico fue la derrota – totalmente inesperada – del gigante Goliat frente al pequeño pastor David. De la misma manera existen miles de empresas que se comparan con la historia anterior, porque han logrado competir exitosamente frente a gigantes corporativos. 

Inspirada por estos pequeños gigantes, hago un llamado a los empleados a repensar creencias comunes y a ser mas estratégicos en sus propias carreras.  En este artículo expongo de qué manera dar el beneficio de la duda, una práctica considerada impensable por muchos, puede tener un impacto positivo en su vida profesional.

Dar el beneficio de la duda, una en el ámbito laboral, es igual a cuando en la práctica en el ámbito legal se “considera a alguien inocente hasta comprobar que es culpable”.  Mi propuesta no nace del amor por el prójimo – y tampoco de la ingenuidad.  Si observa bien, aunque hay excepciones, la mayor parte de las personas tiende a hacer lo mejor que puede con los recursos que tiene disponibles al momento de actuar.  Eso quiere decir que la mayor parte de las veces cuando, a nuestro juicio, alguien hace las cosas mal – lo hace por falta de conocimiento y/o recursos – más no por malintencionados.  Esto representa una oportunidad para mejorar porque es mucho más factible educar que solucionar la malicia. 

Se cree, en mi concepto de manera equivocada, que cuando confiamos en una persona, la beneficiamos al bajar la guardia.  En la práctica, solo cuando la persona en quien depositamos nuestra confianza no está, es que realmente sentimos su ausencia.  Continuar mirando nuestro entorno laboral desde una óptica paranoica, pensando que la mayoría de las personas son malintencionadas, representa un costo de oportunidad incalculable.  Es más probable que una persona sea exitosa y alcance metas y resultados cuando su entorno la apoya.  Lo anterior conlleva un análisis: ¿qué viene primero, el prejuicio de la desconfianza o la confianza que será el apoyo necesario para que se logre el objetivo buscado?  La respuesta, en mi opinión,  es que es necesario primero dar para luego recibir.  Cuando depositamos nuestra confianza en los demás, es más posible que respondan de manera positiva, lo que los inducirá a buscar y alcanzar su máximo potencial en el entorno laboral.  

Puede resultar incomodo para muchos admitir que la desconfianza es un mecanismo de defensa. Allí es donde radica la solución. Es evidente que dar el beneficio de la duda a otro es un riesgo, es una apuesta que depende de lo incierto de la naturaleza humana.  Lo bueno es que la mayor parte de las veces acertaremos.  Piense cómo cambiarían sus intercambios con colegas, jefes y clientes si en vez de dudar de sus habilidades e intenciones, creyera en ellos. Así se construyen los equipos ganadores.

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