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Salud mental de los CEO
La soledad, el burnout y la presión constante dejaron de ser temas privados en la alta dirección, pues afectan la cultura organizacional de la empresa
La salud mental dejó de verse únicamente como un asunto clínico y empezó a ser entendida también como un factor que impacta la productividad, la cultura y la sostenibilidad de las empresas. Por eso, cada vez más líderes hablan del tema: no solo porque afecta a las personas, sino porque también influye en la forma en la que se gestionan los equipos y se cumplen los objetivos de una organización.
Según Juan David Castañeda, psicólogo, “la salud mental es un derecho innegociable de todos, así como la salud física”, y por eso ha ido ganando espacio dentro de las políticas públicas, los reglamentos laborales y los protocolos de bienestar en las empresas. A su juicio, el cambio es claro: la salud mental “ahora se trabaja transversalmente en la organización, no como un factor de bienestar mínimo, sino como un factor de bienestar integral”.
A esto se suma un cambio cultural acelerado desde la pandemia. La salud mental empezó a discutirse más abiertamente en redes sociales, medios y espacios de trabajo, y las compañías entendieron que no podían quedarse por fuera de esa conversación. Hablar del tema también se convirtió en una forma de responder a nuevas expectativas de los trabajadores.

Además, el bienestar ya no se percibe solo como una preocupación humana, sino también como una variable de negocio. Estudios recientes muestran que el desgaste en la alta dirección también está empujando decisiones de salida: en 2022, Deloitte reportó que casi 7 de cada 10 ejecutivos del C-suite estaban considerando renunciar por un cargo que apoyara mejor su bienestar, y en 2023 la cifra subió a 75%.
Otros datos refuerzan por qué la conversación se volvió urgente. En 2024, Businessolver encontró que 55% de los CEO reportó haber experimentado un problema de salud mental en el último año, mientras 81% consideró que las organizaciones todavía ven estos problemas como una señal de debilidad. Eso significa que el tema está más presente, pero el estigma sigue ahí.
También hay riesgos concretos para la organización cuando este factor se ignora. Castañeda advierte que un liderazgo con mala gestión de salud mental puede traducirse en comunicación hostil, más ansiedad dentro de los equipos, conflictos interpersonales, menor cohesión y más dificultad para resolver problemas. En sus palabras, un líder con buena salud mental “promueve espacios más seguros, comunicaciones más claras y espacios de resolución de conflictos mucho más abiertos”. Por el contrario, cuando eso falla, aumentan la incertidumbre, el desgaste y la rotación.
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