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ANALISTAS 11/03/2026

Benito Juárez y el intervencionismo norteamericano

Louis Kleyn
Analista

Con Claudia Sheinbaum en la Presidencia de México, Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), creado como partido en 2012 por su antecesor, Andrés Manuel López Obrador (Amlo), se apunta su segundo período en el poder. Según Morena, con la Presidencia de Amlo, concluida en 2024, comenzó lo que han bautizado como la “Cuarta Transformación” (4T) del país. Las tres anteriores son la independencia, las reformas liberales de Benito Juárez y la revolución de inicios del s. XX.

Todas las sociedades van tejiendo sus mitos. Los gobiernos con ideologías monolíticas buscan fehacientemente referentes que les den continuidad en el “espiral de la historia”. El Psuv de Hugo Chávez pretendió apropiarse de la imagen de Simón Bolívar, ya propulsada por el presidente Guzmán Blanco en el s. XIX, y rescató la de Ezequiel Zamora, defensor de la “causa agraria”, muerto en 1860.

El presidente Gustavo Petro intenta hacer algo parecido con el presidente José María Melo (1854), caudillo de los “artesanos” bogotanos rebelados contra el librecambismo. Exiliado en México, fue muerto en 1860 en una escaramuza en Chiapas. Lo ha llamado “el último de los generales de Bolívar”, ignorando que, por ejemplo, los presidentes Obando, Mosquera y José Hilario López lucharon todos en el ejército libertador, alcanzaron en él rangos más altos y murieron después de Melo. La anunciada película sobre el almirante Padilla, con lo que diga o no sobre el “racismo” de Bolívar y la traición o la falta de lealtad del almirante, promete originar incontables discusiones bizantinas.

México tuvo el infortunio de estrenarse como nación con el ridículo Iturbide y luego continuar con el carismático, pero incompetente, López de Santa Anna, quien perdió Texas en 1836 y el resto del norte en 1847. A estos se suma el primer embajador de Estados Unidos en el país, muy cercano al presidente James Monroe y luego secretario de Guerra de Van Buren, Joel Poinsett, quien intrigó incansablemente para acercar a los dos países.

En 1858, durante la guerra de Juárez contra los “conservadores”, el presidente estadounidense James Buchanan (1857-1861) propuso adquirir Baja California, Sonora y Chihuahua, y el gobierno de Juárez lo aceptó. La oposición de los caciques liberales del norte lo evitó y llevó a la firma del Tratado McLane-Ocampo, un “protectorado con otro nombre”, que daba múltiples derechos de cruce a EE.UU. y a sus tropas por el istmo y autoridad para fijar las tarifas aduaneras, entre infinitas prerrogativas. El Senado de EE.UU. no lo ratificó. Ante esto, Juárez ofreció los derechos mineros de los mismos territorios por un empréstito de US$5 millones. Ya en la resistencia a la ocupación francesa, en 1865, gestionó el eventual arribo de un ejército estadounidense de hasta 50.000 hombres, al mando del veterano de la Guerra Civil, el general Schofield, operación suspendida por el secretario de Estado, William Seward, quien apostaba por métodos más sutiles. Terminado su paso por el gobierno, visitó México y manifestó que ojalá, una vez anexado este a la Unión, se considerara convertir a Ciudad de México en la capital, más agradable que Washington.

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