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Analistas 19/06/2026

Colombia en el centro del multilateralismo: la carrera por la ONU entra en su fase decisiva

Santiago López Jaramillo
Director Consejo Internacional de Asociaciones de Bebidas para América Latina y el Caribe

Colombia está en el centro de una de las decisiones más importantes del sistema multilateral: la elección de la próxima persona que ocupará la Secretaría General de las Naciones Unidas. La carrera entró en una etapa mucho más concreta. Ya no se trata solamente de nombres que suenan en círculos diplomáticos ni de discusiones profundas sobre si el turno le corresponde a América Latina y el Caribe o a Europa del Este. El proceso ya empezó a mostrar fechas, audiencias públicas, candidaturas formalizadas, señales de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y una agenda que, para nuestro país, tiene una importancia particular.

El dato central para Colombia es claro: el país está sentado en el Consejo de Seguridad justo cuando se definirá quién sucederá a António Guterres a partir del próximo 1.º de enero. A ello se suma que, desde el 1.º de junio de este año, Colombia ejerce la Presidencia rotativa del Consejo, lo que durante este mes le permite liderar las reuniones formales e informales del órgano y coordinar su programa de trabajo. En ese contexto, hubo además un hecho diplomático relevante: el 20 de abril de 2026, la presidenta de la Asamblea General de la ONU, Annalena Baerbock, se reunió con la canciller Yolanda Villavicencio para conversar sobre el compromiso de Colombia con el multilateralismo, su membresía en el Consejo de Seguridad, la reforma necesaria y ansiada de la ONU y el proceso de selección del Secretario General. En otras palabras, Colombia no está mirando la elección desde afuera. Está en la mesa donde se tomará la decisión decisiva.

La explicación formal es sencilla, pero políticamente poderosa. La Asamblea General nombra al Secretario General previa recomendación del Consejo de Seguridad. En la práctica, esa recomendación suele definir el resultado. Para que un nombre avance necesita al menos nueve votos favorables y que ninguno de los cinco miembros permanentes -Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China- lo vete. Por eso, aunque los 193 Estados miembros participan en el proceso, el filtro real está en el Consejo. Y allí Colombia, insisto, tiene voz y voto.

La elección ya tuvo una primera fase pública importante. A fines de abril, cuatro candidatos comparecieron en los diálogos interactivos de Naciones Unidas: Rafael Mariano Grossi, de Argentina; Michelle Bachelet, de Chile; Rebeca Grynspan, de Costa Rica; y Macky Sall, de Senegal. Pero el proceso siguió moviéndose: el 11 de mayo fue nominada María Fernanda Espinosa, excanciller de Ecuador y expresidenta de la Asamblea General de la ONU entre 2018 y 2019. Su candidatura no fue presentada por Ecuador, sino por Antigua y Barbuda, un dato diplomáticamente interesante porque muestra que, en Naciones Unidas, el país de origen no siempre es el actor que impulsa una aspiración. También es relevante el caso de Bachelet: aunque su candidatura fue impulsada inicialmente por Chile junto con México y Brasil, el gobierno de José Antonio Kast retiró el respaldo oficial chileno, dejando su aspiración sostenida principalmente por los otros apoyos.

Ahora, cada candidatura será evaluada no solo por sus credenciales, sino por su viabilidad política. En una elección de esta naturaleza importan el respaldo estatal, la relación con los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y la percepción que cada aspirante genere en Washington, Pekín, Moscú, París y Londres. En otras palabras, los candidatos no serán leídos únicamente por lo que representan individualmente, sino también por las relaciones, afinidades y tensiones de sus países frente a quienes tienen poder de veto.

En ese contexto, una señal reciente de China llamó la atención. Al iniciar su Presidencia rotativa del Consejo de Seguridad, el embajador Fu Cong afirmó que su país estaría feliz de ver a una mujer como Secretaria General y reiteró su apoyo al principio de rotación geográfica. En lenguaje diplomático, este tipo de declaraciones no equivale a un respaldo específico, pero sí ayuda a marcar el terreno. Cuando uno de los cinco miembros permanentes deja entrever que vería con buenos ojos una candidatura femenina proveniente de una región que reclama su turno, el mensaje pesa.

La etapa verdaderamente decisiva empezará cuando el Consejo de Seguridad entre en sus propias conversaciones. Entre el 24 y el 30 de julio están previstos los diálogos informales sobre la selección del próximo Secretario General. Ahí el proceso cambiará de tono: pasará de la vitrina pública de las audiencias y los debates al cálculo real de apoyos, vetos y viabilidad política.

Y ahí Colombia vuelve al centro. No porque decida sola ni porque tenga derecho de veto, sino porque estará sentada en el Consejo en el momento exacto en que se medirá qué candidaturas pueden avanzar y cuáles no. Para un país que además preside el Consejo en junio, esta coyuntura representa una oportunidad diplomática histórica: participar con voz y voto en una decisión que marcará el rumbo de Naciones Unidas en uno de los períodos más complejos del sistema internacional.

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