Analistas

Un largo aterrizaje

A finales de 2016 se afirmaba que 2017 sería el año de la consolidación del proceso de recuperación de la actividad productiva. Sin embargo, después de los datos del primer trimestre, la anhelada reactivación económica terminará aplazándose un año más. Incluso, los distintos pronósticos señalan hoy que, con alta probabilidad, la economía crecerá en 2017 por debajo del registro de 2016. 

 En efecto, las perspectivas del grueso del mercado, en medio de este escenario, nos hablan de un crecimiento económico en 2017 por debajo de 2,0%, lo que señala que este año será el periodo en el que terminará de gestarse el largo proceso de ajuste que comenzó a materializarse desde 2015 y que derivó en una notoria caída de nuestro PIB potencial, hoy más cercano a 3,5% que a 4,5%-5,0% del período 2010-2015.

 No obstante, existen algunos “vientos” favorables que podrían atenuar la moderación de la actividad productiva y sopesar parcialmente los factores bajistas asociados a la persistente debilidad de la demanda interna, la baja confianza de los consumidores, la modesta recuperación de las exportaciones no tradicionales y la menor ejecución de los proyectos de infraestructura. En primer lugar, la acelerada e ininterrumpida reducción de la inflación no solo ha sorprendido favorablemente al mercado, sino que ha contribuido a una corrección de las expectativas de inflación. Hoy, la probabilidad de que la inflación converja al límite superior del rango meta al cierre de 2017, o a más tardar en el primer semestre de 2018, luce mayor frente a la observada a inicios de año. Por otro lado, la fortaleza que ha mostrado el mercado laboral para afrontar la fase de moderación de la actividad productiva podría continuar amortiguando el ajuste en materia de consumo privado, aunque no se descarta un leve deterioro en la tasa de desempleo hacia el cierre del año. 

 El hecho que la brecha del producto se mantenga negativa de cara a 2017-2018, junto con el mayor anclaje de las expectativas de inflación en el corto y mediano plazo, otorgan sin duda un mayor espacio para que la política monetaria haga un tránsito más acelerado hacia terreno expansivo (hoy más cerca de sus niveles neutrales), lo que permitirá dinamizar con mayor celeridad la demanda interna. Sin embargo, el Banco de la República tendrá que continuar sopesando un escenario de débil crecimiento económico con niveles de inflación aún por encima del rango meta.

 Si bien la coyuntura requiere políticas contra cíclicas que mejoren las perspectivas del desempeño económico a corto plazo, es importante digerir desde la política pública que es también una oportunidad para discutir políticas de transformación productiva y aumento de la competitividad a largo plazo. Asimismo, con el fin de darle celeridad al proceso de recuperación y retornar a nuestros niveles de crecimiento potencial, urge reactivar los distintos canales de inversión, pues solo con tasas de inversión superiores a 30% del PIB es que el país podrá retomar sendas de crecimiento sostenibles.

 En esa línea, el país tiene retos y debe diseñar estrategias que promuevan la recomposición sectorial que tanto demanda la actual coyuntura hacia actividades con mayor generación de valor agregado y alto potencial exportador. Avanzar en este propósito luce imperativo y demuestra hoy más que nunca la necesidad de generar correctos engranajes en la política monetaria, cambiaria y fiscal para promover una estructura productiva sólida y moderna para el país.