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Shadow Banking

Mientras escribo estas líneas la revolución de las tecnologías de la información continúa transformando los hábitos de producción y de consumo a nivel global. Uber y Airbnb, por mencionar tan solo unos ejemplos, son evidencia no solo de la evolución de los mercados en los que operan, sino de los nuevos e importantes desafíos regulatorios que traen consigo. La banca, por supuesto, no es ajena a este fenómeno. A nivel global las iniciativas privadas encaminadas a realizar actividades similares a las del sector bancario tradicional han crecido a ritmos exponenciales en algunos países y presentan hoy desafíos importantes en materia de supervisión. Lo que conocemos como Shadow Banking (SB) es, sin duda, un ejemplo ilustrativo. 

Cuando se habla de SB, se hace referencia al sistema de intermediación crediticia que ofrecen entidades financieras en condiciones similares a las de la banca, pero sin las garantías que provee el Estado, como seguros de depósitos o prestamista de última instancia, y por lo general, con una regulación más laxa que la que rige a las entidades bancarias. Es preciso señalar que, si bien el término “Shadow” parece tener una connotación negativa, lo cierto es que la intermediación crediticia realizada a través de canales no tradicionales contribuye de forma positiva al crecimiento económico, generando incluso efectos virtuosos en la dinámica del sistema. Precisamente, algunas de las actividades asociadas al SB las realizan los fondos de inversión, los comisionistas de bolsa o las empresas de titularizaciones, entidades que son fundamentales para dinamizar la economía.

Sin embargo, el SB ha venido siendo motivo de discusión a nivel internacional debido a su creciente importancia y conexión con el sector bancario tradicional en los países desarrollados. En efecto, según cifras del Financial Stability Board (FSB), en 2014 los activos de estas entidades correspondieron a cerca de 59% del PIB global y sumaron más de US$36 billones, lo que representa un cuarto de los activos bancarios, que para el mismo año representaron 223% del PIB. En adición, la mayor parte del SB se concentra en los países desarrollados con cerca de 80% de los activos, donde Estados Unidos tiene la mayor participación (cerca de 40% del total).

En el país, el Banco de la República ha venido calculando el tamaño del SB bajo la metodología utilizada por el FSB. Los resultados señalan que el SB en Colombia alcanza 11,9% del PIB, un nivel bajo frente a los estándares internacionales e incluso frente a países de la región como Brasil, que presenta niveles cercanos 33% del PIB. Las actividades más importantes que hacen parte del SB en el país las realizan los fondos de inversión colectiva, seguido de las cooperativas no financieras y las titularizaciones.

Pero lo que vale la pena resaltar es que el SB trae consigo importantes desafíos. En Colombia, por ejemplo, algunas entidades del sector real que realizan la labor de transformación del crédito (libranzas), se enfrentaron en su momento a un importante riesgo de liquidez cuando los flujos de pago cesaron. Esto invita a que no deben desconocerse estos potenciales riesgos para el sistema financiero, y a visibilizar la importancia de consolidar fuertes esquemas de supervisión preventiva.

Hay que resaltar sin embargo, que tanto el Banco de la República como la Superintendencia Financiera, han avanzado en la modernización de la supervisión y análisis de las entidades del SB, como lo muestra el nuevo marco normativo para los fondos de inversión colectiva y las discusiones en el seno del Grupo Consultivo Regional de las Américas del FSB. 

No obstante, si bien estos avances brindan garantías de una correcta supervisión y una sana expansión de sus actividades, debemos tener de presente también que los retos de política económica en este frente no pueden perder su norte, que no es otro diferente a maximizar el beneficio que aporta el SB en términos de crecimiento, minimizando al tiempo los riesgos sistémicos que podrían derivarse de su expansión.