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Economía y paz, mejor con Duque

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Francamente no creo que Colombia se convierta en una nueva Venezuela en caso de que Petro gane la presidencia. Y no porque él no lo quiera, sino porque no podría. Eso no quiere decir que no lo intentará, ya que como lo señala Alfonso Cuéllar en su columna de Semana, las críticas de Petro al modelo Chavista “no es a las políticas, sino a la ejecución”.

Y el mero intento, aunque resulte fallido, traerá un desenlace desastroso para la economía y las instituciones, al tiempo que profundizará la división entre los colombianos. Sorprendentemente, tampoco le ayudará al país a sanar las heridas de un proceso de paz cuyo Acuerdo fue desaprobado por más de la mitad de la opinión nacional.

Empecemos por la economía. Consolidar nuestra incipiente recuperación requiere de la apuesta decidida de inversionistas locales y extranjeros, que han frenado grandes decisiones esperando el desenlace electoral. ¿Cuál creemos que será la reacción de los agentes económicos cuando posesionado, empiece a implementar un aumento exagerado del gasto público en programas asistencialistas de la mano de sus nefastos planes de incrementar sustancialmente los impuestos a la tenencia de la tierra, a la remesa de utilidades al extranjero, y a los dividendos?

Preparémonos entonces para una debacle, con fugas masivas de capitales y una paralización de la inversión productiva, que rápidamente extinguirá la llama del crecimiento y destruirá millones de puestos de trabajo. De poco habrán servido entonces las garantías Mockusianas escritas sobre mármol. Y si bien el país sobrevivirá y reaccionará, será demasiado tarde, ya que no solo habremos perdido cuatro años, sino que necesitaremos otros tantos para corregir el desastre.

Afortunadamente tenemos como alternativa una figura fresca y sin tacha como Iván Duque, quien como senador y exdirectivo del BID, es conocedor de los retos políticos y económicos que tiene Colombia. A él se le critica tener a Uribe como mentor, como si eso fuera un desmérito real, y su “falta de experiencia”, aun cuando esta es superior a la que tenía Barack Obama antes de su primer mandato.

Le critican también el tener el respaldo de los partidos tradicionales, ¿pero desde cuándo es mejor tener el apoyo de las Farc y los partidos de izquierda que destruyeron a Bogotá, liderados por quien empuñó las armas contra el Estado, que tener el respaldo de ciudadanos conservadores, liberales y de otras vertientes institucionales? ¡Hágame el favor!

De cara a la economía, es Duque quien puede mandar un mensaje positivo a los mercados, lo que significaría destrabar la inversión contenida y consolidar un crecimiento que permita generar empleo y financiar su ambicioso plan de gobierno sin arruinar la estabilidad fiscal.

Pero pasemos al tema de salvar la paz, grito de batalla de la otra campaña. En un proceso fracturado por una división que parte el país casi en mitades ¿Quién puede realmente subsanarlo? ¿Quién pretenda que la mitad minoritaria se aferre a blindar sin cambio alguno un acuerdo con 6.000 narcoterroristas que desconoció a la mitad mayoritaria? o, por el contrario, ¿quién propone acordar entre los dos bloques de opinión los cambios que dejen tranquilo a todo el país?

La respuesta es obvia…la Paz la salva es Duque y no Petro. Y las Farc, si de verdad tienen voluntad patriótica y democrática, y tras haber demostrado que su minúsculo apoyo popular no alcanza siquiera el umbral electoral, tendrán que aceptar ese acuerdo.

Al final, y a pesar de todos estos argumentos, la decisión se reduce a la persona y quien puede ser confiable para hacer lo correcto. ¿Lo será quien ya mostró una trayectoria de desgobierno e incompetencia y quien inspira tal nivel de desconfianza que hasta sus mismos aliados le tienen que hacer firmar sobre piedra que no expropiará, que no convocará una constituyente, que respetará la democracia, y que impulsará la iniciativa privada? ¡Válgame Dios! Duque, en cambio, no necesita firmar nada de eso…Colombia sabe de sobra que él, como ningún otro candidato, encarna esos anhelos.

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