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La era de los pulgarcitos

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En un mundo de grandes magnitudes, estamos siendo dominados por los pulgarcitos que hacen que la convivencia haya cambiado, que el horizonte de mirada se haya limitado a un mínimo espacio de una pantalla, que el afecto se exprese a través de un circulo con ojos y gestos, que estemos a un clic de no escucharnos o a un clic de perder el tacto y contacto en la forma como nos relacionamos.

Esos pulgarcitos que todos  tenemos en nuestras manos, están dominando a la mayoría de los más de 7.000 millones de habitantes de nuestro planeta. Ése, el dedo pulgar, es el que está eliminando los diálogos a viva voz por emoticons.

Esta parte de nuestro cuerpo que parece insignificante, ha estado presente en la evolución del ser humano, y continúa haciéndolo actualmente. Son tan simbólicos que se han convertido en un icono mundial, de un me gusta o no me gusta.

Hoy en día, las instituciones base de nuestra sociedad han cambiado debido a los pulgarcitos; la familia, los espacios de formación, colegios, universidades y por supuesto las empresas.

La unión familiar, se ve afectada. Así, lo evidenció el papa Francisco: “la imagen de las familias que no se sientan a la mesa juntas o que cuando lo hacen no hablan, se distraen con el teléfono celular, hacen de la familia algo poco familiar” y agregó que esto afecta la “convivialidad”, es decir, la calidad de la convivencia y de las relaciones. 

Los espacios de formación, no escapan a esta realidad. Entrar hoy a un salón de clase, es entrar a un espacio de señales cruzadas, de múltiples conversaciones que no se pueden comparar con el murmullo que escuchábamos en nuestra niñez cuando el profesor pedía silencio. Ahora se percibe el silencio pero hay más ruido, más distracción y múltiples conversaciones entre las personas que están presentes y con personas que sobrepasan las paredes del aula. No solo es un tema de silencios, sino de atención; lograr la atención de estudiantes con teléfonos inteligentes, se ha convertido en un reto de inteligencia y habilidad del docente para recuperar el respeto en el salón de clase.

En las empresas, el panorama no es diferente, el uso indiscriminado de mensajes de texto para enviar instrucciones de labores cotidianas,  comunicar decisiones organizacionales, hacer solicitudes específicas, o una simple conversación entre compañeros, hace que la interpretación de la información se haya reducido, porque le hemos restado 65% de efectividad, al quitar la expresión no verbal de nuestros diálogos lo que significa suprimir la paralingüística y la kinésica. Esto se refleja en menos camaradería, más rumores y por ende malos entendidos, que afectan directamente el clima laboral y a la productividad organizacional.

Parece ser que esta evolución en la forma de comunicarnos buscando  hiperconectividad  e inmediatez; se ha convertido más en una patología que en una solución. Pero como todo tema tiene sus puntos en contra y a favor; ésta no es la excepción. El reto radica en lograr un equilibrio en su uso, para no estar presentes pero ausentes y tener autocontrol de estar conectados pero con la capacidad de desconectarnos.

La decisión está en nuestras manos e involucra a los pulgarcitos, para mantener los clic, sin perder los diálogos humanos, recuperar los momentos de silencio, de ausencia, de privacidad, entrenarnos nuevamente en escuchar, atender, entender en un contexto, y recobrar el verdadero sentido de las palabras que se dicen cara a cara, acompañadas, por qué no de un abrazo, y no solo de una carita feliz dibujada en una pantalla.

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