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Innovaciones vaticanas

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El papa Francisco emprende viaje en los próximos días a Jordania, Israel y los Territorios Palestinos.  En un gesto revelador, ha incluido en la delegación que lo acompaña a dos amigos de su etapa como arzobispo: el Rabino de Buenos Aires, Abraham Skorka, y Omar Abboud, del Centro Islámico de la República Argentina.  Los encuentros ecuménicos programados durante su viaje incluyen una ceremonia conjunta con el Patriarca de Constantinopla, reuniones con dirigentes musulmanes y con los principales rabinos de Israel.  Además de la naturaleza religiosa de su visita al Cercano Oriente, Francisco se propone interponer su influencia política para impulsar las negociaciones entre el gobierno de Israel y las autoridades palestinas.  

Transcurridos quince meses después de su elección, Francisco ha iniciado un proceso de cambio en el estilo de gobierno eclesiástico, con una combinación de prudencia y audacia.  Esto ha requerido mantener un delicado equilibrio entre versiones antagónicas del catolicismo, cuyos enfrentamientos se encubren bajo sutilezas teológicas.  Una versión, que se identifica con el Concilio Vaticano II, concibe la Iglesia en términos pastorales,  reconciliada con el mundo moderno, receptiva a las reformas y definida como el pueblo de Dios.  Los papas que representan esta tendencia son: Angelo Giuseppe Roncalli, Albino Luciani, y al parecer, Jorge Mario Bergoglio.  Otra versión, que se considera tradicional, prefiere el concepto de la Iglesia jerárquica y combatiente, proclamada como única fuente de salvación, gobernada en forma vertical y autoritaria, centralizando el poder de la Curia Vaticana.  Los papas que caracterizan esa tendencia son: Eugenio Pacelli, Karol Jósef  Wojtyla y Joseph Ratzinger.  

Con la canonización simultánea de Juan Pablo II y Juan XXIII, Francisco ha intentado hacer viable la coexistencia pacifica de estas dos tendencias sin hacer explícitas sus preferencias.  Cada uno de los dos nuevos santos caracteriza formas opuestas de ejercer la autoridad pontificia.  El primero, reflejando su experiencia en Polonia, le asignó prioridad al papel de líder político.   El segundo enfatizó la actividad pastoral, promovió el aggiornamento del catolicismo y excluyó al Vaticano del proselitismo electoral en Italia.

Francisco ha decidido imprimirle a su pontificado la opción preferencial por los pobres.  Sin ser enteramente novedosa, esta directriz corresponde al espíritu de los tiempos.  Al finalizar el cónclave en el cual resultó elegido papa, el cardenal Claudio Humes, arzobispo emérito de São Paûlo, le aconsejó no olvidarse de los pobres.  Poco después, Francisco declaró ante periodistas que le gustaría una Iglesia pobre y para los pobres.  De esta manera, adquiría actualidad el mensaje de Juan XXIII de septiembre de 1962: ‘… la Iglesia se presenta como es y quiere ser: la Iglesia de todos, y particularmente, la Iglesia de los pobres.’  

Francisco ha reforzado esa directriz con el ejemplo personal de austeridad en su indumentaria y su alojamiento.  Le quedan tareas pendientes en temas como la reforma de la Curia, el trato discriminatorio a la mujer y el escándalo de la pedofilia clerical.  Pero hasta ahora, ha introducido sencillez, apertura y aire fresco en la estructura medioeval del Vaticano.

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