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Desindustrialización y proteccionismo

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Una entidad gremial ha llevado a los medios de comunicación el tema de la desindustrialización, sin definirlo de manera precisa. La falta de precisión ha creado confusión; una confusión interesada. Viene acompañada de quejas y solicitudes: se lamenta la reducción arancelaria, la suscripción de los TLC y el acatamiento a las decisiones de la OMC; se añora un ministerio de industria; y se solicita blindar al aparato productivo nacional. La propuesta de política implícita consiste en cuestionar la inserción en la economía internacional. Si no resulta factible regresar al esquema de sustitución de importaciones, al menos se obstaculizaría cualquier intento de reducir las barreras a las importaciones. En vez de colocar la competitividad internacional en el centro del debate, se privilegia la protección del mercado interno.

El término desindustrialización se presta a la interpretación de que, en el pasado, tanto el valor de la producción industrial como el de la exportación de manufacturas tuvieron un auge que se ha venido a menos.  Ésa es una quimera. La producción industrial es mayor ahora que en 1990, antes de que hubiera entrado en vigencia la apertura comercial.  En lo que respecta a la exportación de manufacturas, éstas pasaron de US$6.000 millones en 1990 a US$19.000 millones en  2013.

También se describe como desindustrialización al hecho de que la participación de la industria en el PIB ha descendido. La menor participación de la industria en el PIB es atribuible en parte a cambios metodológicos por medio de los cuales actividades auxiliares a las manufacturas que antes se incluían dentro de la producción industrial, ahora  tienen otra clasificación. Adicionalmente, aunque la producción industrial crezca, si la minería y los servicios crecen a un ritmo mayor, la participación de la industria en el PIB se reduce. Lo cual no significa que la industria se haya marchitado. Dentro del mismo orden de ideas, la caficultura sigue siendo una actividad importante en Colombia, a pesar de que su peso relativo dentro de la economía es menor.

Se empieza a abrir camino la idea de que fue un error haber suscrito un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. La alternativa al TLC con Estados Unidos habría sido adherir a Mercosur, como lo ha hecho Venezuela, y está en proceso de hacer Bolivia.  Quien crea que en vez de tener un TLC con Estados Unidos, para Colombia sería preferible participar en Mercosur, puede creer cualquier cosa.

El temor a la competencia y la aversión a la libertad comercial tienen raíces profundas.  En Argentina, cuya economía es percibida como sumergente, Cristina Kirchner puede darse el lujo de notificar que ‘no se importa un tornillo’. Y en Colombia, cuando el sector productivo ha recibido una protección adicional del orden de 60% por concepto de la tasa de cambio, un vocero gremial tiene la originalidad de proponer medidas proteccionistas encaminadas a cerrar aún más la economía. Como afirmaba el escritor brasileño Nelson Rodrigues, el subdesarrollo no se improvisa.
 

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