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ANALISTAS 14/08/2026

Secuestro y cambuche

Ricardo Mejía Cano
Gerente de Saladejuntas Consultores

El 3 de agosto de 1996 mi amigo y compañero de ciclismo, Alberto Ángel, regresaba en compañía de su esposa María Cristina de una pequeña finca cercana a La Ceja cuando hombres armados los interceptaron. A las 6.30 p.m., luego de mucho negociar, dejaron libre a María Cristina, abandonada en una carretera destapada, inhóspita y de muy poco tráfico. Alberto fue llevado hacia la montaña.

Así empezaron 105 días de angustia, desplazamientos permanentes, lluvia, frío y largas caminatas, muchas veces durante toda la noche. En medio de ese trajín le comunicaron que debía hacer un aporte a la causa de la “guerrilla”.

Con Alberto he hecho jornadas de 8 y 10 horas en bicicleta, en que hablamos de lo humano y lo divino y nunca me habló de su secuestro. Fue gracias a su nieta Daniela Múnera, quien luego de graduarse en producción de cine, con el fin de hacer una catarsis para su familia y las miles de familias de secuestrados en Colombia, hizo el video “Cambuche”, reviviendo la dolorosa historia.

Daniela se documentó en gran parte con el diario que meticulosamente Alberto escribió durante su secuestro. Todo secuestrado en Colombia sabe que las posibilidades de regresar vivo son mínimas. En medio de dicha angustia Alberto plasmó pensamientos, nombres, recorridos, dibujos y los cambuches improvisados en los cuales pasó numerosas noches.

Daniela cuenta cómo cuando niña dormía en casa de sus abuelos, Alberto le construía junto a su cama un pequeño refugio con colchón, cobijas, almohadas y muñecos. Lo llamaba cariñosamente el “cambuche” y allí le contaba historias hasta que se quedaba dormida. Muchos años después, cuando su abuelo le entregó aquel viejo cuaderno, Daniela descubrió el verdadero significado de cambuche: El refugio seguro de su infancia tenía su origen en uno de los recuerdos más dolorosos de su abuelo.

El secuestro desaparece físicamente a una persona, pero también secuestra a toda una familia. En “Cambuche” se ven la espera, la expectativa por el timbre del teléfono, la incertidumbre, las conversaciones sobre el rescate y la obligación de continuar viviendo, aunque se halla derrumbado el mundo. Hijos, esposa, familiares y amigos quedan atrapados en una angustia que nunca termina.

En “Cambuche” Daniela no revive la triste historia de su abuelo y su familia para alimentar el odio. Más bien busca que las nuevas generaciones de familias con experiencia de secuestros, que en Colombia son casi todas, escojan la sanación antes que el rencor. Su propósito le da al trabajo una dimensión que trasciende a su familia: Colombia debe evitar el dolor que causa un secuestro.

La historia de Alberto es la historia de miles de familias colombianas. Ninguna causa política, ideológica o económica puede justificar que una persona sea arrancada de su familia, convertirla en instrumento de negociación y obligarla a vivir cada día con la incertidumbre de no regresar.

En la introducción escribí “guerrilla” entre comillas, por qué en Colombia hace más de 50 años que no existe guerrilla, sin embargo, la delincuencia común y los narcotraficantes se disfrazan de tales para darle cobertura política a sus fechorías. Desafortunadamente muchos gobiernos se han creído el cuento de que son guerrilleros.

La posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia abre una nueva etapa, en la cual la seguridad y el sometimiento a los grupos armados serán una prioridad. Más allá de cualquier orientación política, Colombia debe emprender una lucha contra el secuestro, la extorsión y toda forma de violencia. Y como lo ha manifestado el nuevo presidente: siempre dentro de la constitución y de las leyes.

No más cambuches de dolor y angustia ni secuestros en Colombia. Sí a los cambuches como aquel que Alberto construía para su nieta: refugios de cobijas, almohadas, muñecos e historias para dormir.
Nota: Solidaricémonos con quienes entre concreto, hierro y escombros, libran en la oscuridad una batalla silenciosa por la vida. Colombia entera debe volcarse hacia ellos. Mientras bajo las ruinas haya un corazón latiendo, una voz que clame o una esperanza de ver la luz, no puede haber indiferencia ni descanso.

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