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Analistas 28/05/2021

Reconstruir el capital social de la microempresa

Rafael Camargo Remolina
Coordinador de Investigación U. Externado de Colombia

Para nadie es desconocido el importante papel que juegan las microempresas en el tejido empresarial y laboral colombiano, tanto por su alta participación en el número de empresas, como por su contribución al empleo. Sin embargo, lo que es menos conocido es el significativo aporte que hacen a la formación, sostenimiento y reproducción del tejido social. Ese tejido social capaz de amortiguar grandes tensiones y asumir costos que, en ocasiones, las políticas que promueven el desarrollo suelen trasladar a cada miembro de la sociedad.
Y es que en economías como la nuestra, en las que la falta de educación y oportunidades económicas para la población menos favorecida son la norma, la microempresa surge como una alternativa de supervivencia. Crear una microempresa es una válvula de escape para aquellos que no ven en el empleo formal de la gran empresa, una opción.

La microempresa nace, algunas veces, del esfuerzo y la inversión de allegados y familiares, soportados en la denominada transacción de fuerza productiva por afecto, y en la construcción de capital social mediante bienes socio-afectivos. Sin embargo, las condiciones creadas por la pandemia, sumadas a la debilidad económica, comercial y productiva de las microempresas, han afectado el capital social con el que contaba el microempresariado.

Por una parte, la caída del consumo hace inviables a muchas microempresas aumentando el desempleo y la incertidumbre. Por otra, la tensión aumenta y esto hace que se sustituya la ética de la solidaridad por el “sálvese quien pueda”, al tiempo que miles de personas pasan de la pobreza a la miseria.
A esto se suma que el barrio o la esquina, como territorio de construcción social microempresarial, se han trasformado en espacios desconocidos, donde la pandemia ha llevado a cambiar la perspectiva del vecino y el amigo por el extraño, el sospechoso, o incluso el peligroso.

La política microempresarial, que generalmente ha estado enfocada en superar la informalidad y generar empleo, se encuentra ante un reto importante. Ya no puede seguir tratando de implementar y desplegar modelos de desarrollo local que actúan desde las élites hacia las bases, imponiendo modelos de operación de las empresas y lógicas productivas que privilegian la maximización de las ganancias privadas y de los recaudos para el Estado como metas finales.

Si algo le ha faltado a la política de desarrollo empresarial frente a la microempresa, ha sido comprender a cabalidad las lógicas que sustentan el surgimiento de este tipo de empresas y las dinámicas que aseguran su perdurabilidad. Por eso es necesario que las entidades que formulan políticas públicas sobre el emprendimiento y la microempresa, comiencen a recomponer el tejido social que se ha roto.

Así pues, para recomponer el tejido social roto, es necesario considerar las condiciones particulares del territorio, de la microempresa y del individuo. Hay que convocar a las comunidades mismas y conocer de cerca las realidades del microempresario y su entorno. Llamar a la construcción de política pública desde la base del consenso, es condición esencial para lograr resultados positivos para la sociedad y la economía actuales.