A menos de 90 días para las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, un Donald Trump algo desesperado apuesta a la irreverencia y a la construcción de un enemigo externo como estrategias para derrotar a Joe Biden. No contaba Trump con el revés que a sus planes de continuar en la Casa Blanca traería el manejo poco atinado que ha dado a la pandemia.

A pesar de llevar a cuestas un índice de desempleo de 10,2% ―que aunque viene cayendo todavía se mantiene en dos dígitos―, el primer lugar en la deshonrosa lista de países con más casos de covid-19, desgarradoras cifras de fallecidos que sobrepasan los 160.000, y encuestas que proyectan a su contrincante demócrata como un candidato fuerte, Donald Trump se muestra decidido a realzar su imagen de hombre políticamente incorrecto y desafiante que le significó la victoria hace cuatro años.

Mientras su rival observa pasivo y distante, en las últimas semanas el Presidente ha sido protagonista de varias polémicas que para bien o para mal lo mantienen figurando. Trump saca provecho a una de sus facetas más mediáticas: la del mandatario poco diplomático.

Su provocadora y casi que incendiaria respuesta para la cadena Fox News en la que asegura que apaga el televisor cada vez que los jugadores de la NBA se arrodillan como forma de protesta lo convirtió en noticia, y en un momento tan sensible para su país, cuando los temas raciales dividen, hasta LeBron James le respondió.

No menos osadas resultaron sus declaraciones sobre la posibilidad de tener para octubre o principios de noviembre ―mes electoral― una vacuna contra el nuevo coronavirus. Trump le apunta a la ilusión que genera la idea de una pronta cura para el despiadado virus, y sin ofrecer mayores datos ni argumentos científicos claros, ante la mirada atónita de los expertos que ahora lo desmienten, simplemente lo afirma.

Eso sí, su arremetida más notoria, con la que por ahora obtiene la atención del mundo, es la que ha decidido emprender en contra de China. Acudiendo al argumento de la amenaza a la seguridad nacional ―un discurso que suele calar bastante bien entre los estadounidenses―, Trump posicionó a la red social TikTok y a la plataforma de mensajería WeChat, ambas de origen chino, como la representación del enemigo externo contra el que hay que cerrar filas. Intenta prohibirlas o como dirían algunos “volverlas gringas” y una vez más se la juega por avivar el sentimiento nacionalista.

Atento a las encuestas, inquieto por ellas, y frente a la postura expectante que desde la barrera ha decido asumir Joe Biden, quien sin mayores esfuerzos ha encontrado en los traspiés de Trump su mejor herramienta para ganar terreno, el magnate norteamericano compite, por lo pronto, consigo mismo. Su lucha inicial se centra en mantener vivo ese personaje rudo, indiscreto y contestatario que en 2016 conquistó una buena parte del electorado de estadounidenses blancos.

No se puede desconocer que mientras las cifras de la economía no mejoren y la evolución del virus siga siendo tan desastrosa como hasta ahora, difícilmente los votantes darán prioridad a asuntos que van más allá de sus problemáticas cotidianas como la salud y el empleo, y aunque cada vez son más los analistas que auguran una derrota segura para los republicanos, un excesivo recogimiento de Biden puede terminar por hacerlo invisible, y con su ausencia, abrir espacios para que el discurso del actual mandatario sea el que acabe retumbando en todos los estados de la Unión Americana.