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Todos los gobernantes acuden al espejo retrovisor para justificar incompetencias e incumplimientos, pero, como el actual, ninguno. Aunque después de tres años ya nada sorprende, resulta indignante que, en medio de la emergencia invernal más fuerte de los tiempos recientes, el dedo inquisidor del Presidente vuelva a ser protagonista. Dos días de consejo de ministros en Montería. Dos, repito, para buscar culpables, meter en el baile hasta a Hidroituango y reforzar, como suele hacerlo, el discurso de aquellos que califica de verdugos mientras la gente en Córdoba, Sucre y Antioquia −solo por mencionar los departamentos con las mayores afectaciones− sucumbía impotente ante la inclemencia del agua, es inaceptable.
El nivel de desconexión del mandatario es mayúsculo. No es un descubrimiento. Lo grave es que la estrategia del líder disruptivo, que desafía a la par que divaga y desconoce las buenas maneras, se siga traduciendo en inacción. Al margen de la ideología −para quienes consideran un imposible la crítica sin sesgo−, basta con acudir a los hechos: igual ha sucedido en la crisis por lluvias que en el colapso de la salud y el delicado panorama de orden público. Bajo la trillada teoría del bloqueo institucional, la guerra frontal contra las EPS, ataques al sector privado y cientos de menciones sobre una junta del narcotráfico en Dubái de la que no entregan detalles, ningún frente avanza.
Se resiste este gobierno a hacerse responsable de los intentos de cambio que le han salido mal. Se niega −o se negó, porque ya camina contra reloj− a reconocer sus culpas y, cual si se tratara de competencias ajenas, permanece indolente ante las nefastas consecuencias que han ocasionado sus propias decisiones. Para los cientos de desplazados, los miles de confinados, los niños que no pueden asistir a clases en Catatumbo, cortesía de otra arremetida violenta de los grupos armados; para la mamá de Kevin Arley, quien murió esperando sus medicamentos por parte de la intervenida Nueva EPS; y las más de 94.000 familias damnificadas en las inundaciones, la respuesta, sin una sola acción concreta, se suscribe a atacar las élites, a las generadoras de energía, traer a colación el hundimiento de la ley de financiamiento en el Congreso y a una interminable y quejumbrosa lista de etcéteras en la que brilla por su ausencia la autoevaluación.
Saquearon la Ungrd, presentaron un presupuesto desfinanciado, asfixiaron los actores del sistema de salud, recortaron recursos a las Fuerzas Militares y de Policía y aun así insisten en que los causantes de las afugias del presente están en el pasado. Contrasta la falta de diligencia para solventar coyunturas tan serias con la celeridad cuando de cerrar contratos se trata. Cuatro declaratorias de emergencia económica, la solución a los problemas. Llamar a las calles ante sentencias adversas, la solución a los problemas. Invocar una Constituyente, la solución a los problemas.
Sin un plan de país, sin método, apostando por las arengas que a conciencia reconocen taquilleras, ha logrado la administración Petro esquivar escándalos y evadir sus obligaciones. Una paralizante nueva forma de hacer política en la que las soluciones nunca llegan y los culpables se construyen apalancados en la manipuladora posverdad. Es así como ha logrado este gobierno no tener “ni la culpa”.
Pero las economías que lideran no se limitan a preservar sus aciertos; los actualizan antes de que se vuelvan obsoletos
Jamás me imaginé que iba a poder escribir una columna como esta. Una donde le voy a agradecer públicamente a un sindicato de izquierda casi radical