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Los bárbaros dentro de la puerta

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Por alguna razón, estos últimos días he sentido la imperiosa necesidad de escribir demasiado. Acabo de publicar un artículo gigantesco sobre las guerras comerciales, pero todavía tengo otra piedra en el zapato que sacarme, en esta ocasión sobre la historia romana y su relación con los acontecimientos actuales.

Para empezar, debería ser un foco rojo. A cualquiera que afirme ver lecciones modernas en la historia antigua, en especial en la historia romana, debería considerársele un escritorzuelo hasta que pruebe lo contrario. El economista Brad DeLong ha criticado en internet de manera mordaz, y con razón, a Niall Ferguson, quien repite como un loro las tramas de las películas de Cecil B. DeMille como si fueran erudición, declarando que el lujo y las orgías acabaron con la República romana. Tonto: ¿no sabe que fueron las malas estadísticas, que la verdadera tasa inflacionaria era de un diez por ciento?

Sin embargo, no termino pensando en la caída de la república, sino en la ‘Pax Romana’ que vino después, los más de dos siglos de estabilidad posteriores a Augusto. Lo crean o no, me parece que la era tiene algunas lecciones para nosotros; esto puede ser un signo de enfermedad mental, pero le voy a dar rienda suelta.

No hace mucho, habría sostenido que muy pocas cosas del Imperio Romano eran pertinentes para cualquier cuestión moderna. Puede que el imperio haya fascinado a los primeros europeos modernos como Edward Gibbon, pero al final se trataba de una sociedad preindustrial, increíblemente pobre para los estándares modernos, y que compartía pocos valores modernos. Es cierto, el Imperio Romano fue más grande que la mayoría de los imperios preindustriales y duró mucho más. No obstante, ¿en realidad se diferenciaba de manera importante de, digamos, Asiria?

Leo mucha historia en mi tiempo libre y, según lo que yo sé, los estudios modernos nos enseñan que Roma en realidad fue algo especial.

Lo que aprendí primero del economista Peter Temin, y en mayor medida del historiador Kyle Harper, fue que Roma no era una economía industrial común y corriente. Claro que no tenía un repunte tecnológico, sino paz, comercio interregional y un sofisticado sistema empresarial y financiero que hizo a este imperio sorprendentemente productivo, con una calidad de vida general que quizá no se igualó de nuevo sino hasta las Provincias Unidas de los Países Bajos del siglo XVII. Harper menciona que Roma se vio hasta cierto punto escamoteada por la fuerte carga de la enfermedad, una consecuencia no intencional de la urbanización y el comercio que una sociedad sin una teoría de los gérmenes no tenía forma de aliviar. No obstante, a pesar de ello, los romanos en verdad lograron cosas extraordinarias en el frente económico.

También lograron cosas extraordinarias en el ámbito político. Los romanos no eran buenas personas; no eran caballeros eduardianos de toga. No tenían escrúpulos en cuanto la esclavitud, a menudo eran indiferentemente crueles y no tenían ningún reparo en usar la fuerza extrema para acabar con cualquier cosa que desafiara al gobierno imperial. No obstante, aunque la amenaza de la violencia siempre estuvo al acecho, el Imperio Romano no se mantuvo unido por el gobierno del horror. En gran parte, la Pax Romana se mantuvo a través de la cooperación voluntaria de las élites locales.

¿Cómo hizo Roma para hacer eso? El secreto, según la nueva literatura, es que en realidad ejerció mucho poder blando. A las élites locales se les ofreció una buena vida, con valores cívicos romanos atractivos —¡anfiteatros! ¡termas! ¡vino! ¡lirones rellenos!— y el sistema imperial estaba lo suficientemente abierto como para que los provincianos especialmente capaces y ambiciosos pudieran aspirar a mudarse al centro de las cosas. Esa economía floreciente e interdependiente recompensó a aquellos que adoptaron los valores romanos y se integraron en el sistema romano.

O dicho de otro modo, Roma hizo muy bien durante mucho tiempo al no ser demasiado codiciosa, limitando la explotación corta de miras de su poder a favor de la construcción de un sistema a largo plazo.

Evidentemente, algunas personas, como mis propios ancestros obstinados, se negaron a asimilarse y tuvieron que ser aniquilados, y, como dije, los romanos no tenían problema con los vicios, siempre y cuando sirvieran a sus propósitos. Incluso durante los momentos más pacíficos de la Pax Romana, siempre hubo guerra en alguna parte. No obstante, la moderación general y un conjunto de valores que resultaron atractivos para muchos de sus súbditos, produjeron paz y prosperidad a largo plazo.

Quizá puedan ver hacia dónde voy con esto. La ‘Pax Americana’, las tres generaciones de relativa paz y prosperidad que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial, fue totalmente distinta del Principado de la Antigua Roma. No solo tenemos una riqueza inmensamente mayor de la que Roma se hubiera imaginado, sino que además somos mucho más benevolentes: Estados Unidos ha hecho algunas cosas terribles y vergonzosas, pero nada como lo que los romanos hacían cuando se enojaban.

A pesar de ello, nuestra suerte de imperio, al igual que el de Roma, se ha mantenido unido principalmente mediante el poder blando más que la violencia. Incluso cuando Estados Unidos era una potencia económica y militar abrumadoramente dominante, por lo general ejercía la moderación y hacía que sus aliados se apegaran a su sistema en lugar de recurrir a la coacción descarada.

Funcionó bastante bien; no a la perfección, claro está, pero le dimos al mundo, y a nosotros mismos, una era que fue increíblemente benigna en comparación con la Guerra de Treinta Años moderna que vino antes.

No obstante, ahora una invasión bárbara puede echarlo todo por tierra, y lo triste es que los bárbaros que rechazan los valores que hicieron a Estados Unidos verdaderamente grandioso no están del otro lado de la puerta, están al interior, de hecho, en el Despacho Oval, porque en esencia son de producción local (con un poco de ayuda de Rusia, por supuesto).

Es una historia espantosa. Construimos algo maravilloso y lo estamos echando todo por la borda sin ninguna razón aparente.

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