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Lecciones del pasado populista de Latinoamérica

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The New York Times

García señala que el creciente gasto gubernamental y los aumentos salariales por mandato tienden a producir una “sobredosis de entusiasmo” temporal, seguido por un desplome. Es una buena idea; pero sospecho que es altamente engañosa, porque Trump no es un verdadero populista, simplemente interpreta a uno en la televisión de realidad.

El ensayo de Dornbusch-Edwards (disponible aquí) se enfocaba en los ejemplos del Chile del presidente Salvador Allende y el Perú del presidente Alan García; una actualización del estudio presumiblemente analizaría a Argentina, Venezuela y otros países. Pero ¿cuán relevantes son estos ejemplos para el Estados Unidos de Trump?

Allende, por ejemplo, era un verdadero populista que trató seriamente de elevar los salarios y aumentó drásticamente el gasto. Vea el gasto de consumo del gobierno chileno como porción del producto interno bruto durante su mandato a principios de los años 70 en la gráfica en esta página.

Ese es un incremento enorme; en Estados Unidos, significaría elevar el gasto en casi un billón de dólares cada año.

¿Está Trump en camino de hacer algo similar? Ha seleccionado a un gabinete de plutócratas, con un secretario del trabajo amargamente opuesto a los aumentos del salario mínimo. Habla sobre infraestructura, pero lo único que pasa por un plan es un documento que propone algunos créditos fiscales para inversionistas privados, lo cual no involucraría mucho desembolso público aun cuando condujera a nueva inversión (al contrario de las dádivas para la inversión que de cualquier manera habría ocurrido).

Trump parece encaminarse a ampliar el déficit, pero solo vía recortes fiscales para los estadounidenses ricos. Los beneficios para los pobres y la clase media parecen destinados a sufrir brutales recortes. 

¿Por qué, entonces, alguien considera a Trump “populista”? Todo gira básicamente en torno al fingimiento, en torno a hacerse pasar como alguien que se enfrenta a los elitistas liberales altaneros (y, por supuesto, valida el racismo de la buena gente de la clase obrera). Quizá todos vayamos a tener algo de proteccionismo; pero no hay indicio de que el programa económico del presidente vaya a parecerse a algo como el populismo en el extranjero.

En cualquier caso, ¿por qué incluso recibiríamos la “sobredosis de entusiasmo” de populismos pasados? Supongo que un auge impulsado por el recorte de impuestos es posible. Pero no habrá mucho estímulo del lado del gasto.

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