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Cómo se forma el comercio internacional

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¿Pero qué nos dice la aplicabilidad aparentemente universal de la ecuación de gravedad? El Sr. Davidson sugiere en su artículo (léalo aquí: nyti.ms/1KPW0pY) que es un indicio de que la política no puede hacer mucho para moldear el comercio. Yo no me hubiera metido en eso, y en eso no se han metido los que han estudiado de cerca el tema.

Mi interpretación es la siguiente: imagínese dos ciudades con el mismo PIB per cápita (podremos relajar ese supuesto un minuto más adelante). Las ciudades comerciarán si los residentes de la Ciudad A encuentran cosas vendidas por los residentes de la Ciudad B que sean de su agrado, y viceversa.

Entonces, ¿cuál es la probabilidad de que un residente de la Ciudad A encuentre a un residente de la Ciudad B con algo de su antojo? Aplicando lo que uno de los viejos maestros solía llamar el “principio del motivo insignificante”, una buena primera aproximación sería que la probabilidad es proporcional al número de vendedores potenciales (la población de la Ciudad B).

¿Y cuántos compradores deseosos habrá? Otra vez, aplicando el motivo insignificante, una buena aproximación es que es proporcional al número de compradores potenciales (la población de la Ciudad A). Entonces, manteniendo todo lo demás constante, esperaríamos que las exportaciones de la Ciudad B a la Ciudad A fueran proporcionales al producto de sus poblaciones.

¿Pero qué pasaría si el PIB per cápita no fuera el mismo? Podemos pensar que esto incrementa la población “efectiva”, tanto en términos de productores como en términos de consumidores. Por lo que ahora, la atracción es el producto de sus PIB.

¿Hay algo sorprendente en el hecho de que esta relación funcione muy bien? Un poco. Antes de 1980, la teoría estándar del comercio concebía países especializados de acuerdo a sus ventajas comparativas; por ejemplo, Gran Bretaña fabrica ropa, y Portugal vino. Y estos modelos sugieren que la cantidad de comercio que practiquen los países debería relacionarse mucho con si se parecen o no. Los exportadores de ropa deberían comerciar más con los exportadores de vino y menos entre ellos. Sin embargo, en la realidad básicamente no hay ninguna señal de dicho efecto: hasta países aparentemente similares comercian lo mismo que pronostica una ecuación de gravedad.

Los modelos calibrados de comercio desde hace mucho han manejado esta realidad, de alguna manera torpemente, con el así llamado “supuesto de Armington”, que simplemente asume que hasta el mismo producto de distintos países es tratado por los consumidores como un producto diferenciado (un plátano no es solo un plátano, por ejemplo; es un plátano ecuatoriano o uno de Santa Lucía, que son substitutos imperfectos). Una nueva teoría comercial que algunos presentamos alrededor de 1980 (o como algunos la llaman, la “vieja nueva teoría comercial”) fue un poco más lejos, introduciendo la competencia monopolística y los rendimientos crecientes para explicar por qué hasta países similares fabrican productos diferenciados.

Y también hay un misterio sobre el efecto de la distancia y el efecto de las fronteras; ambos parecen más grandes de lo que los costos concretos pueden explicar. El trabajo continua.

¿Algo de esto sugiere la irrelevancia de la política comercial? Realmente no. Los cambios en la política comercial sí tienen efectos obvios sobre cuánto comercian los países. Observe el gráfico para ver qué pasó cuando México se abrió al comercio a partir de finales de la década de 1980 en comparación con lo que sucedió en Canadá, que todo el tiempo había estado bastante abierta y que, al igual que México, comercia principalmente con Estados Unidos.

¿Entonces qué nos dice la gravedad? Que la simple ventaja comparativa ricardiana es claramente incompleta; y que el proceso del comercio internacional es más sutil, con costos invisibles y visibles. Esto no es trivial, pero tampoco es particularmente inquietante. Y los modelos de gravedad son muy útiles como puntos referenciales para evaluar otros efectos.

Una ecuación perdurable

El economista Jan Tinbergen desarrolló en 1962 el “modelo de gravedad” comercial luego de notar que el comercio entre los mercados parecía seguir una simple fórmula matemática.

Nombrada en honor a su parecido a la ecuación que determina la fuerza gravitacional de la física, el teorema del Sr. Tinbergen señaló que el volumen de comercio entre dos economías es igual al tamaño multiplicado de sus mercados dividido por la distancia física que los separa.

En los años que han pasado desde que el modelo fue desarrollado, ha soportado en gran parte el escrutinio de los economistas que lo han probado con ejemplos históricos.

En un artículo publicado en agosto en la revista The New York Times Magazine, el corresponsal de economía Adam Davidson hizo referencia a que un tesoro de datos económicos de alrededor del 1860 A.C. recuperado en un sitio arqueológico de Turquía también parecía confirmar las conclusiones del modelo de gravedad, pese al hecho de que las economías antiguas operaban bajo reglas y parámetros completamente diferentes a los nuestros.

El Sr. Davidson escribió que “pese a todo el debate sobre los acuerdos comerciales y tipos de cambio, aranceles de importación y disputas en la Organización Mundial de Comercio, el comercio tiende a seguir sus propias reglas”. También señaló que este descubrimiento “pudiera parecer una mala noticia para la gente que quiere que la economía sea más justa. He hablado con incontables activistas y amigos preocupados que ven al comercio global como si fuera una opción, como algo que un grupo específico de políticos y empresas decidieron imponernos a través de todos esos acrónimos confusos de acuerdos comerciales … Sin embargo, para mí el modelo sugiere que estos acuerdos tienen menos impacto de lo que se imaginan sus impulsores o sus detractores. Hay una tendencia natural a que distintas regiones comercien volúmenes bastante predecibles”.

Ultimadamente, bajo la visión del Sr. Davidson, los políticos tienen poco control sobre los patrones comerciales sin importar lo mucho que intenten alterarlos para adecuarlos a las necesidades de su base electoral. “Pueden frenar el comercio vía bloqueos, desacelerarlo vía tarifas o intentar impulsarlo con acuerdos comerciales”, escribió. “Lo que no pueden hacer, al menos no de forma confiable, es moldearlo con precisión para alcanzar sus resultados preferidos”, agregó.

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