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Analistas 30/05/2026

IA: el examen que las IES no pueden aplazar

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto
HAROLD-CASTILLA-DEVOZ

Cuando el pasado 15 de mayo el Papa León XIV firmó su primera encíclica, Magnifica humanitas, lo hizo en el día exacto del 135.º aniversario de Rerum novarum. El gesto no fue ornamental. Como León XIII, en 1891, leyó la cuestión social del proletariado industrial a la luz del Evangelio, hoy el nuevo pontífice se propone hacer lo mismo con la revolución de la inteligencia artificial. Su tesis es directa: lo que está en juego no es la técnica en sí, sino la magnífica humanidad que ella puede potenciar o deshumanizar. Para Colombia, donde la educación superior atraviesa simultáneamente una crisis de cobertura, una transformación tecnológica acelerada y un debate sobre su pertinencia, el documento llega como un examen ineludible. Tres preguntas, en particular, interpelan a nuestras instituciones de educación superior (ies).

Primero, la pregunta por el acceso. La encíclica recuerda que en muchos países el Estado «todavía no ha invertido los recursos necesarios para garantizar una educación de calidad para todos». En Colombia, donde la cobertura bruta apenas supera 55%, donde las brechas entre regiones siguen siendo abismales y donde departamentos enteros del Pacífico y la Amazonía permanecen virtualmente desconectados del ecosistema digital de calidad, la promesa de una educación «transformada por la IA» amenaza con consolidar -no resolver- la desigualdad estructural. Sin políticas públicas serias de conectividad rural, formación docente y financiamiento de la educación superior mixta con vocación inclusiva, la inteligencia artificial será otro multiplicador de la brecha, no su antídoto.

Segundo, la pregunta pedagógica. La encíclica afirma que «toda tecnología educa a quien la utiliza» y que «educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla». Nuestras ies no han dado este debate con la seriedad que merece. Oscilan entre la prohibición ingenua y la adopción acrítica. Faltan protocolos institucionales; hace falta inversión real en formación continua del profesorado; los sistemas de evaluación siguen siendo los mismos que hace treinta años, y los currículos disciplinares carecen de una alfabetización crítica en IA digna de ese nombre. Mientras tanto, los estudiantes la usan sin marco. Esto no es modernidad: es abdicación.

Tercero, y la más exigente, la pregunta sapiencial. La encíclica advierte contra «un sistema educativo carente de amor por la verdad, en el que el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento». El diagnóstico golpea con precisión a las ies contemporáneas, productoras a marchas forzadas de especialistas sin cosmovisión y técnicos sin sapiencia. En un país que necesita urgentemente pensar su modelo de desarrollo, su relación con la naturaleza, su pluralidad cultural y sus heridas históricas, ¿qué universidad estamos construyendo si en ella es cada vez más raro encontrar el tiempo lento del estudio, la lectura paciente, la conversación argumentada cara a cara?

A las ies del país, la encíclica les confiere una vocación específica: revitalizar los principios de la Doctrina Social «para que sean eficaces para afrontar la revolución digital». No es invitación menor. Es mandato. Pero la pregunta excede el ámbito confesional: toda ies colombiana fiel a su vocación originaria, pública o privada, laica o católica, está convocada hoy a ser lo que el Papa León XIV llama, con palabra exigente, «vigía de lo humano». La inteligencia artificial seguirá su curso. Lo que está en discusión es si nuestras universidades continuarán dejándose configurar por ella o si decidirán, finalmente, configurarla con criterio.

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