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Analistas 24/07/2026

La política laboral debe empezar por el talento

Mauricio Olivera
Vicerrector Administrativo y Financiero UniAndes

Hace unas semanas inicié una serie de columnas con ideas para el nuevo gobierno. Hoy quiero referirme a otro de los grandes desafíos del país: el mercado laboral.

El mercado laboral colombiano necesita ajustes sustanciales. Sin embargo, las reformas recientes se concentraron, una vez más, en las relaciones laborales y los costos de contratación. Son temas importantes, pero insuficientes. El verdadero reto es construir un mercado laboral que genere más oportunidades para las personas y, al mismo tiempo, aumente la productividad de las empresas.

Con frecuencia, el debate laboral gira alrededor de salarios, recargos, estabilidad o modalidades de contratación. Pero suele olvidar la otra cara de la ecuación: la productividad. No basta con discutir cuánto cuesta contratar si no se fortalece la capacidad de los trabajadores para generar más valor y la de las empresas para ser más competitivas.

Esta omisión ayuda a explicar una de las mayores contradicciones del mercado laboral colombiano. El país mantiene niveles de desempleo elevados, mientras miles de vacantes, especialmente en ocupaciones técnicas y tecnológicas, permanecen sin cubrir porque los empleadores no encuentran personas con los conocimientos, las competencias y las habilidades que requieren. Conviven, al mismo tiempo, desempleo y escasez de talento.

Por eso, la política laboral debería concentrarse mucho más en desarrollar el capital humano. La mejor política social es la que aumenta las capacidades de las personas. Una formación pertinente amplía las oportunidades de conseguir un empleo de calidad o de emprender, y al mismo tiempo eleva la productividad de las empresas. Es una política con doble impacto: social, porque genera movilidad y oportunidades; y económico, porque fortalece el crecimiento y la competitividad.

Colombia ya cuenta con una institución privilegiada para liderar esa transformación: el Sena. Es, probablemente, una de las joyas de la corona del Estado colombiano. El desafío consiste en garantizar que su oferta de formación responda de manera permanente a las necesidades presentes y futuras del mercado laboral. La pertinencia debe convertirse en el principal criterio para diseñar programas, actualizar contenidos y medir resultados.

Este reto adquiere aún mayor importancia después del aumento en el valor del contrato de aprendizaje. Si las empresas van a realizar un mayor esfuerzo económico para contratar aprendices, es indispensable que esa formación cierre efectivamente la brecha entre las competencias que ofrece el sistema educativo y las que demanda el aparato productivo. Solo así el contrato de aprendizaje fortalecerá tanto la empleabilidad de los jóvenes como la productividad de las empresas.

Existe, además, una ventaja adicional. Fortalecer la formación para el trabajo no requiere una nueva reforma laboral ni una larga negociación en el Congreso. Depende principalmente de decisiones de política pública, de una estrecha articulación con el sector productivo y de una visión clara sobre los empleos del futuro.

Colombia sí necesita una reforma laboral. Pero una de sus prioridades debe ser otra de las grandes deudas históricas del país: la informalidad. Sobre ese desafío tratará la próxima columna.

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