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Analistas 20/02/2021

Evitemos volver patológicas las simples emociones del diario devenir

Esta semana quisiera apartarme de los usuales temas macro-financieros para referirme a la creciente tendencia de la última década de volver “patologías gravísimas” las simples emociones del normal devenir de las personas adultas.

Iniciemos con el ejemplo americano. Bien ido Trump por su abierta incompetencia en múltiples frentes y bienvenido el viraje de Administración Biden hacia frentes clave de discusión científica-técnica, multilateralismo y pragmatismo. Lo que no tiene sentido son las pataletas melodramáticas (tanto en columnas de opinión como en redes sociales) de supuestos traumas existenciales y psicológicos para la población joven derivada de dicha Administración Trump. En Colombia, tampoco es extraño escuchar arengas similares de lado y lado, exagerando “tal o cual” emoción (a nadie se le niega el calificativo de fascista o guerrillero).

Esta cultura del llamado Safetyism ha venido también expandiéndose al mundo académico-Universitario, particularmente desde 2013-2014, como bien lo han documentado Haidt-Lukianoff (The Coddling of the American Mind, 2018). Bajo la premisa de la fragilidad de los estudiantes, se busca excesiva protección de cualquier elemento de incomodidad-“discomfort” emocional e incluso intelectual. Ello ha derivado en abierta censura de puntos de vista disidentes en la academia. En realidad, los jóvenes son Anti-frágiles (a la N. Taleb), necesitan dosis adecuadas de stress-desafío e incomodidad para su adecuado desarrollo (tal como el sistema inmunológico o el sector financiero).

Grave que estemos viviendo en el “mundo de los locos” donde convertimos en exageradas patologías los desafíos, angustias e incomodidades del normal devenir diario. Tratar de proteger a los jóvenes adultos de esos elementos necesarios en su madurez intelectual-emocional les hace un gran daño. Bajo el cacareado “empoderamiento” de tal o cual grupo-sexo se les está vendiendo un elemento de autosabotaje. Ello no solo es dañino para esos individuos (generalmente de estratos altos y medios-altos) sino que desvirtúa los verdaderos problemas de violencia sexual, pobreza-población vulnerable y temas de equidad-desempleo. No creo que haya algo más ridículo que la “policía de las redes sociales” buscando ofensas por doquier, por el simple gusto del “callout” y los likes de Twitter.

El mainstream se ha dejado llevar hacia un excesivo énfasis en la llamada seguridad emocional (vs. seguridad física… el consabido “Concept Creep”). Ello no solo perjudica a parte de la generación “Z” (nacimiento pos-1995, J. Twenge) sino que se ha expandido a personas adultas “hechas y derechas” (muchas con maestrías-doctorados).

Este concepto, tan de moda en la educación superior de hoy, está privando a jóvenes de los necesarios elementos de maduración intelectual-emocional. Estamos formando jóvenes tan frágiles, tan prestos a ofenderse, que no tienen las herramientas para funcionar en el mundo de los adultos. Ese joven, al cual le han llenado la cabeza de ideología en su universidad, probablemente pensará que su jefe es un “tal por cual” al estrellarse con la inexorable realidad de los desafíos laborales (inevitables madrugadas-trasnochadas… y sí… regañadas).

Estamos inmersos en un absolutismo moral. Bajo la disculpa de “hacer un mundo mejor y revertir inequidades históricas” nos hemos deslizado hacia la correctez política. Allí cualquiera que se atreva a disentir debe ser condenado al ostracismo (lo mínimo es que pierda su trabajo y se la pase toda su vida disculpándose en redes sociales).

Entre los múltiples desafíos socio-económicos de la pos-pandemia, no puede descuidarse el que atañe a la re-orientación de nuestras actitudes frente al riesgo emocional. Cuánto mejor sería la calidad de la discusión pública si gastáramos menos esfuerzo en vacías discusiones por Twitter (donde se piensa que todo debe volverse a discutir desde cero a la luz de likes). Es en el actual ambiente de polarización cuando mayor discusión razonable-ordenada debemos tener con los puntos de vista contrarios (muchas veces incomodos intelectual-emocionalmente).

Todo lo anterior ha permeado buena parte del ambiente académico universitario en Colombia, particularmente en los estratos altos. En los llamados Comités de apoyo de Docencia se percibe tendencia de (falsa) victimización de los estudiantes (creo que lo primero que uno debe dejar atrás al entrar a las mejores universidades del país es su “escarapela” de víctima). Bajo falsos absolutismos morales (no pueden faltar interminables repeticiones de “empatía-compasión”) no es raro escuchar estas “perlas”: i) Evitar decirle a estudiantes que han contestado erróneamente las preguntas planteadas por profesores … es mejor “indagar” sobre el proceso mental que los lleva a esa respuesta incorrecta, pues pueden quedar traumatizados ante sus compañeros; ii) NO corregir en rojo, pues estudiantes lo “rechazan” (es muy difícil de leer y los hace sentir que están mal); y iii) énfasis en la clase como un lugar “seguro”, cuando lo que se requiere es continuo desafío intelectual. Afortunadamente, el gran atenuante de todo esto proviene de que la mayoría de estudiantes tiene claro lo extremo de estas posturas y lo dañino que puede ser “graduar” el contenido de clase por la simple presencia de una minoría de estudiantes extremos prestos a ofenderse.