.
ANALISTAS 19/03/2026

Cuando el cansancio toca la puerta

Natalia Zuleta
Escritora y speaker
Natalia Zuleta

Cuánto cansancio hay en este mundo. Tal vez sea uno de los sustantivos más pronunciados en conversaciones cotidianas: estoy cansada, qué semana tan agotadora, no puedo más. El cansancio se ha convertido en un lenguaje compartido. A veces aparece como un compañero silencioso que nos susurra al oído la necesidad de hacer una pausa, recuperar el equilibrio y hacer cambios en nuestra vida. Sin embargo, seguimos avanzando sin detenernos realmente a escucharlo. Nos agotamos y rara vez encontramos el espacio para respirar conscientemente, para disfrutar de lo simple: saborear un almuerzo sin prisa, caminar por un parque, hacer deporte sin mirar el reloj.

Hablo del cansancio porque lo he sentido con intensidad. A veces aparece como una voz silenciosa que altera el ritmo de mi corazón. Otras llega de forma inesperada: presión en el pecho, un dolor persistente en las piernas, una sensación incómoda que no sé cómo nombrar. Escribir sobre ello me ha permitido entender con mayor claridad ese cansancio que parece habernos alcanzado a todos, de manera individual y colectiva. Es un estado con síntomas diversos: fatiga, confusión, desmotivación. Y de la mano aparece la necesidad constante de justificarlo; sentimos que debemos explicar el porqué.

Si observáramos este fenómeno con ojos científicos, seguramente encontraríamos causas comunes. La impotencia ante situaciones que nos incomodan y que quisiéramos cambiar. La desazón que sentimos al postergar decisiones que nuestra conciencia insiste en recordarnos. La nostalgia anticipada por los sueños que vamos aplazando con los años. Y también la saturación de imágenes idealizadas que circulan en las redes sociales y que hacen cortocircuito con nuestra realidad.

Pero existe esperanza. El cansancio también puede ser un espejo. Un reflejo que nos muestra el estado de nuestra mente, de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu. Detenernos frente a él, reconocerlo y nombrarlo puede ser el primer paso para recuperar el equilibrio. No existe una fórmula exacta para enfrentarlo, pero sí la posibilidad de reconstruir esa tríada esencial que sostiene una vida con propósito.

Con el tiempo he llegado a pensar que existen dos clases de cansancio. El primero es el que podríamos llamar cansancio feliz. Es expansivo. Es el aire que falta cuando terminamos de correr esos cinco kilómetros que nos propusimos como meta. Es la satisfacción que llega después de haber creado algo, de haber ayudado a alguien, de haber dedicado tiempo a aquello que nos apasiona. Es el cansancio de los momentos en los que entramos en flujo, cuando hacemos lo que amamos y el tiempo parece detenerse. Ese cansancio no pesa. Se celebra y transpira propósito.

Pero existe otro cansancio muy distinto: el burnout o agotamiento extremo. Un cansancio que agobia y que nos habla desde la conciencia para advertirnos que algo en nuestra vida se ha desalineado. Es el que aparece en las conversaciones cotidianas como un desahogo colectivo. El que nos estresa, nos vacía y nos lleva a la cama… pero no nos deja dormir. En mi caso, sé que aparece cuando abandono durante una semana cosas que para mí espíritu son esenciales: leer, caminar, escribir, meditar, tener tiempo para mí. Entonces deja de ser una señal saludable y se convierte en desgaste.

La Organización Mundial de la Salud define el burnout como “un síndrome resultante del estrés crónico en el trabajo que no ha sido gestionado con éxito”. Y las cifras muestran que no se trata de una experiencia aislada. Según Boston Consulting Group, cerca de 48% de los trabajadores en el mundo dicen sentirse quemados o agotados. El trabajo se ha convertido en uno de los principales detonantes de este tipo de cansancio que drena y consume.

Lo paradójico es vivir en una época de herramientas diseñadas para hacernos la vida más fácil. La tecnología promete eficiencia, optimización y rapidez. Sin embargo, el cansancio parece crecer al mismo ritmo que nuestras capacidades para producir y conectarnos. Quizás parte del problema también está en nosotros: en nuestra dificultad para regularnos, para expresar lo que necesitamos y para transformar culturas laborales que muchas veces no favorecen el equilibrio de la vida cotidiana.

De hecho, el cansancio se ha convertido en una experiencia global. Un metaanálisis internacional publicado en Frontiers in Public Health, que analizó más de noventa estudios sobre fatiga en la población general, encontró que 20,4% de los adultos reporta fatiga persistente y que 10,1% sufre fatiga crónica durante más de seis meses. En otras palabras, uno de cada cinco seres humanos vive con algún nivel de cansancio constante. Difícilmente esas cifras hablan de un cansancio feliz.

Es necesario abrir una conversación sobre el tipo de cansancio que estamos acumulando. Preguntarnos de dónde viene, qué lo alimenta y qué decisiones necesitamos tomar para transformarlo. Hoy escribo desde una mezcla de cansancios que a veces me confunden y otras veces me inspiran. Tal vez el verdadero desafío no sea eliminar el cansancio de nuestras vidas, sino aprender a distinguir entre el que nos vacía y el que nos recuerda que estamos viviendo con sentido.

Conozca los beneficios exclusivos para
nuestros suscriptores

ACCEDA YA SUSCRÍBASE YA

MÁS DE ANALISTAS

ÚLTIMO ANÁLISIS 18/03/2026

Entre lo imperfecto y lo peligroso

Proteger a una persona gay de la discriminación es una obligación del Estado y de toda la sociedad. Pero eso no requiere validar la idea de que la orientación sexual es una identidad política

ÚLTIMO ANÁLISIS 19/03/2026

Entre la ambición y los principios

Un líder sin alianzas no llegará lejos. Rodearse de las mejores personas, desde lo técnico y lo humano, así como compartir su visión con otras organizaciones o equipos

ÚLTIMO ANÁLISIS 16/03/2026

¿Visión, estrategia, necesidad? Identificando grietas

Al final fueron unos 104 puntos, en 50 municipios y siete departamentos, sin mencionar el número de empleados y 63 años de historia, toda una experiencia