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Analistas 13/12/2022

Liderazgo de mujeres

Mima Peña
Directora Come Cuento Podcast

En nombre de mis compañeras del programa de Liderazgo de Mujeres en Juntas Directivas, quiero agradecer a todos los que están aquí compartiendo con nosotras este emocionante logro.

Creo que hablo por todas cuando digo que este curso no sólo nos ha brindado las mejores herramientas para participar en juntas directivas de manera responsable, inclusiva y ambientalmente sostenible, sino que también nos ha sacudido mucho todo el tema personal, de nuestro rol como mujeres. Y es de eso que quisiera hablar en estos minutos; tres reflexiones inspiradas en las conversaciones que tuvimos con las maravillosas mujeres de esta promoción.

La primera: Una vez vi una entrevista a Hillary Clinton cuando su esposo acababa de ganar la presidencia de los EEUU, en donde le preguntaron que, si iba a hacer floreros en la Casa Blanca como su predecesora, y Hillary respondió muy circunspecta, que no, que ella era una abogada, que tenía una agenda muy rigurosa en temas de educación y de derechos humanos, y agregó que lo de ella no era quedarse en la casa haciendo galletas. A mi eso se me quedó muy grabado porque me interesa mucho el tema de la educación y de los derechos humanos, pero también ne encanta armar floreros y hacer galletas

Les cuento esto porque durante mis primeros años como abogada, y no por culpa de Hillary exclusivamente, pero de alguna manera, yo asumí, que el sinónimo de una profesional era ser, o por lo menos parecer, fuerte. Pensaba que una mujer inteligente debía comportarse de manera asertiva, y apartarse de los sentimientos lo más posible. Debía proyectar control. Ocultar vulnerabilidades. Dejar las emociones a un lado, y nunca, nunca, tomar las cosas personalmente. Incluso intuí que, para ser tomada seriamente, debía vestirme de una manera determinada, abandonar cualquier tono de voz que pudiera resultar muy femenino, y pues, ni mencionar lo de los floreros…

Era un ideal, o un concepto de profesional que básicamente pretendía ocultar lo femenino.
Y en ese imaginario de mujer, yo no cabía.

Con el tiempo aprendí que tratar de ocultar nuestro lado femenino es una idea equivocada tanto para mujeres como para hombres. Ojalá más bien, que más organizaciones, comunidades y familias, valoraran y celebraran el lado femenino que todos tenemos, en mayor o menor grado. Con seguridad, añadir sensibilidad, emoción, e incluso ternura, enriquece las conversaciones. Obviamente no me refiero a que todos nos abracemos en el salón de juntas, sino a que abramos las puertas a lo femenino, y a formas diferentes, pues es en la diversidad de las maneras de ser, y de las opiniones, en donde surgen ideas verdaderamente integrales y sostenibles.

Ahora; con esto no quiero decir que las mujeres seamos las únicas capaces de expresar sentimientos. Por supuesto que conocemos hombres que lloran y mujeres de hielo. Y esto me lleva a la segunda reflexión: El peligro de los estereotipos. Asumir que por que eres hombre debes ser fuerte, o porque eres mujer debes ser dulce, o que si eres gay debes ser creativo, o que si eres una mujer afro debes ser mandona, es tan poco cierto como asumir que porque eres colombiano debes ser narcotraficante. Los estereotipos son obstáculos que impiden vernos como realmente somos, generan problemas en los equipos, y nos reducen a una única categoría, a una única historia, incompleta e inexacta. En este sentido, últimamente he percibido que cierto tipo de mujeres estamos siendo clasificadas bajo un rótulo que, aunque positivo, y de hecho muy halagador, es impreciso. Se trata de asumir que las mujeres profesionales, con alguna experiencia laboral pertenecemos a una especie de súper mujeres sabias. Concluir por ejemplo que Angela Merkel, Jacinda Ardern de Nueva Zelanda y Sandra Marin de Finlandia fueron las líderes que "mejor" manejaron la pandemia, así como que las mujeres tomamos "mejores" decisiones, que somos "mejores" emprendedoras, que nosotras "sí" sabemos prever riesgos, que nuestro comportamiento es "más" ético, resulta tan estereotipado y discriminatorio como decir que los hombres son mejores que las mujeres.

A mi - y por lo que percibí en nuestras sesiones de clase - a mis compañeras, no nos interesa ser mejores que nadie. Queremos proponer, queremos dirigir, queremos construir, y ojalá ser ejemplo para las futuras generaciones, de un nuevo tipo de liderazgo femenino en donde se empodera y no se sabotea a nadie.

Reconocemos que la innovación y la creatividad no tienen ni hormonas ni genética. Que el trabajo doméstico no tiene ni hormonas ni genética. Y que la aptitud para ser miembro de juntas directivas; menos!

Por eso, aunque entiendo que las juntas directivas conformadas únicamente por mujeres son importantes como símbolos de la reivindicación de la mujer, no debemos olvidar que la diversidad, (de género y de todo tipo), es fundamental para generar un pensamiento divergente que conlleve a ideas innovadoras.

Bueno, y la última reflexión: Buscar una mayor participación de las mujeres en el escenario laboral y en juntas directivas, loable propósito, se torna un poco turbio cuando hablamos desde el privilegio. Hablar de falta de oportunidades, o de discriminación, es delicado, si se tiene en cuenta que somos un grupo de mujeres educadas y afortunadas que, incluso hoy, se nos abren nuevas oportunidades. Unas oportunidades completamente inalcanzables para la mayoría de las mujeres, y de los hombres, de este país.

Con esto no quiero decir que nosotras no hayamos vivido exclusión, o experiencias machistas… Y aquí quiero hacer un paréntesis porque tengo sentimientos encontrados -al igual, talvez, que muchas de mis compañeras- y es que los hombres en mi vida han sido personas extraordinarias; mi papá era un caballero, al igual que mis hijos, mi hermano, y mi esposo, que ha sido la persona que más me ha apoyado en todos mis proyectos… por lo que me cuesta la idea de un mundo dominado por unos tipos que subestiman a la mujer. Cierro Paréntesis. Sin embargo, sería muy ingenuo de mi parte desconocer la existencia del sexismo.

Seguro que todas aquí hemos estado en reuniones en donde un hombre dice lo mismo que acabamos de decir, y sus palabras son alabadas, mientras las nuestras son ignoradas. Hemos estado, tal vez, en escenarios laborales en donde unos hombres comentan sobre las piernas de una mujer, en vez de atender su presentación. También somos testigos de la estadística que demuestra que las mujeres en Colombia dedican el 70% de su tiempo libre en lavar, cocinar y limpiar la casa, mientras que los hombres solo dedican el 30% de su tiempo libre al trabajo en sus casas. Se trata de conductas lamentables, que hay que corregir, pero - Y no quiero menospreciar algún caso grave que una de nosotras haya sufrido - en la mayoría de los casos, son situaciones que no se comparan con los serios incidentes de discriminación, abuso y violencia que sí padecen muchas mujeres en Colombia y en el resto del mundo.

En este sentido tenemos una gran responsabilidad con quienes no han sido tan afortunadas, como nosotras. Y más allá de nuestra función dentro de una organización, tenemos el deber de determinar cuál va a ser nuestro aporte a la sociedad.

Pues el riesgo está en sentir que estamos generando un cambio, comparativamente con otros países, en cuanto a la participación de mujeres en juntas y en cargos directivos, y que no veamos la realidad del país en el que vivimos, en donde hay 3.2 millones de ninis; jóvenes entre los 18 y los 25 años, que independientemente de su género, no han tenido la oportunidad Ni de estudiar Ni de trabajar.

O que ignoremos las vergonzosas cifras de embarazo infantil. O la alta tasa de desempleo del 52% a que se enfrentan las mujeres y los hombres colombianos mayores de 40 años, muchos olvidados en el campo, y otros muchos, calificados y con gran experiencia, pero que, aún así, no pueden acceder a un trabajo.

O el irrespeto por nuestra biodiversidad, con 180.000 hectáreas deforestadas al año, que equivalen, más o menos, a 220.000 canchas de fútbol como la del Campín, lo que conlleva efectos devastadores, que, además, se van acumulando año tras año.

El llamado es aterrizar el tema de la participación de las mujeres, a la realidad de nuestro país, de manera que nuestra causa no solo beneficie a un grupo selecto de mujeres, sino que realmente contribuya a una Colombia más justa, incluyente y respetuosa de nuestros recursos naturales.

Concluyo con esto: Generar conciencia sobre la falta de equidad y de oportunidades es el primer paso, darnos cuenta de las brechas, y sancionar actitudes no solo machistas, sino clasistas y racistas, edadistas y homofóbicas, es importantísimo para seguir cambiando. Aunque el camino es largo, estoy segura de que las actitudes y acciones de las mujeres de esta promoción, ayudarán a acelerar el paso, y generar los cambios positivos que tanto requiere nuestra sociedad.

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