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Analistas 14/02/2026

La presión no es el problema

Luis Fernando Algarra
Profesor de la Universidad de La Sabana

En 1982, en plena recesión estadounidense, con una altísima inflación y una fatiga institucional que ya se sentía en la calle, Billy Joel, el compositor de Piano Man, publicó el álbum The Nylon Curtain. No fue su disco más amable. Fue, por el contrario, el más desafiante: canciones tensas, una producción con nervio industrial y una idea fija detrás de todo: el sistema no se rompe de golpe; se desgasta por dentro.

Pressure no triunfó por prometer alivio, sino por describir bien el clima. Llegó al Top 20 del Billboard Hot 100 sin edulcorar nada: la presión como parte del entorno, no como excepción. La posición que alcanzó es lo de menos. Lo relevante es lo que sugiere: cuando la ansiedad se vuelve ambiente, una descripción exacta puede tener más tracción que una promesa.

Por eso esta canción conversa con la Colombia de hoy. No porque estemos viviendo “lo mismo”, sino porque compartimos una sensación parecida: operar con el margen al mínimo. Las decisiones no llegan cuando uno quisiera, sino cuando toca asumirlas; el futuro se vuelve inmediato y cada paso queda expuesto, mientras el espacio para equivocarse se reduce.

En los ochenta, como en muchas economías actuales, el problema no era una catástrofe visible: era una incertidumbre que se alargaba y se volvía paisaje. Las organizaciones seguían operando, los resultados llegaban con dificultad y el ánimo público se endurecía. La tensión no venía de un solo frente, sino de la suma de exigencias pequeñas, persistentes, que, juntas, desgastaban más que una crisis con nombre propio.

A eso se suma algo que hoy se nota más: la carga emocional del rendimiento sostenido. Billy Joel no escribe desde afuera, sino desde el centro. Y lo expone con claridad: la presión no viene solo de hacer, sino de no poder desconectarse. El cansancio no nace únicamente de la agenda, sino de lo que sigue después: darle vueltas a lo que salió bien o mal, anticipar lo que viene, repasar conversaciones, ajustar mentalmente lo que se dirá mañana.

Y esa presión rara vez llega ordenada. Llega junta: economía, regulación, clima social, opinión pública. No hay secuencia ni pausas. Pressure no es lineal porque la experiencia que describe tampoco lo es: no intenta resolver la tensión; registra cómo se decide cuando el contexto no concede tregua.

Por eso su vigencia no es nostálgica. Cuarenta años después funciona porque no retrata una época, sino una condición: la presión no desaparece con la experiencia, el cargo o los buenos resultados. Se vuelve más sofisticada, más silenciosa y, justamente por eso, más difícil de gobernar.

El verdadero quiebre no ocurre cuando la presión aumenta, sino cuando empieza a dictar decisiones. Cuando el apuro sustituye al criterio. Cuando responder rápido se vuelve más importante que pensar con rigor. Ahí, la diferencia no la marca un heroísmo extraordinario, sino algo más sobrio y, a la vez, más complejo: conservar el juicio cuando todo empuja a improvisar. No es una técnica. Es una forma de responder por otros. Es responsabilidad y carácter. Y esa forma se elige, incluso cuando más cuesta.

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