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¿Recuperación excepcional?

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Miguel Ricaurte Economista Jefe de Itaú para la Región Andina

Colombia está teniendo un buen año en materia económica. Al cierre del tercer trimestre, la economía registró su mayor crecimiento (3,3%) desde 2015. El desempeño es particularmente bueno en un año en que la economía colombiana sería la que más crezca entre las principales de la región. Podemos celebrar lo acontecido, pero sin perder de vista los retos que vienen por delante.

Colombia se desmarca de la región en parte por el mal momento que han vivido sus vecinos. Países como Argentina, Brasil, Chile, Perú y Ecuador han vivido episodios políticos que impactaron (o lo harán muy pronto) a las expectativas privadas. A ello que se suman algunos choques de oferta en un año en que el mundo ha sentido el efecto de la incertidumbre por las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y China. Aún así, durante el tercer trimestre, Perú y Chile mostraron crecimientos parecidos al colombiano, mientras Paraguay y Uruguay mejoraban su desempeño.

Además, existen razones domésticas que explicarían la paulatina mejora en el crecimiento, especialmente del consumo, pero también de la inversión. Por el lado del consumo, el impacto favorable de flujos migratorios y el aumento de remesas que han contribuido a robustecer la demanda doméstica desde comienzos de 2018, se suman a una inflación controlada. Mientras tanto, la recuperación de la inversión vino más tarde (a partir de la segunda mitad del año pasado), coincidiendo con la conclusión del ciclo electoral (particularmente, la segunda vuelta presidencial). Este factor estaría jugando un rol muy importante en la aceleración del crecimiento este año (el que estimamos en 3,3%). Veamos por qué.

Varias economías de la región (Chile, Paraguay, Perú y en alguna medida, Brasil) se beneficiaron de un entorno externo favorable en 2018, con mejoras en consumo e inversión. Ese mismo año, Colombia estaba expectante del calendario electoral. Ello incidió en un débil comportamiento de la inversión, de modo que el producto interno creció solo 2,6%. Conforme disminuyó la incertidumbre política, las expectativas empresariales repuntaron, favoreciendo una aceleración de la inversión algo tardía respecto a lo evidenciado en la región.

Si bien no podemos descartar que el favorable impulso perdure por lo que resta del año e incluso hacia 2020, hay vientos de popa que inspiran un tono de cautela. Primero, el entorno internacional aún es incierto, con un mundo que siente los efectos de la ausencia (al momento de escribir esta columna) de un acuerdo comercial definitivo entre las dos mayores economías mundiales. Además, si miramos lo que ocurrió en la región, más allá de temas políticos que no tienen por qué manifestarse en Colombia, el impulso fue más bien transitorio dado el estrechamiento de condiciones financieras (alzas de tasas globales), algo que podría limitar el ímpetu de la economía local.

Finalmente, existen señales domésticas que apuntarían a un enfriamiento del crecimiento. Por ejemplo, el sentimiento de los consumidores sumó en octubre casi un año completo en pesimismo, mientras que los indicadores del mercado laboral siguen siendo materia de preocupación. Adicionalmente, un déficit de cuenta corriente aún amplio aumenta la vulnerabilidad del peso ante eventos de volatilidad. En última instancia, Colombia podría estar viviendo una recuperación desfasada respecto de la región, tal que una moderación en su crecimiento hacia adelante está dentro de los escenarios posibles.

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