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En un mes en el que se celebra el Día Internacional de la Mujer como una fecha para conmemorar la lucha de las mujeres a favor de sus derechos y recordar las batallas ganadas con orgullo, paro y respiro. Y por alguna razón no me siento tan optimista como otras veces. Los pequeños pasos que nos han traído hasta aquí, siento, no han sido suficientes para celebrar con tanto ahínco la adquisición de derechos que nos fueron enajenados históricamente.
La discusión sobre la equidad de género sigue estando sobre la mesa, pero sin tener cifras significativas o avances que compartir en los posts de las redes.
Más bien nos inundamos de imágenes rosa, de colores cálidos y detalles superficiales que logran enmascarar a ratos lo que se debe decir a gritos.
Para mí este es un día para mirarnos con brutal honestidad. Creo que hay un emprendimiento que no hemos querido tomar en serio: la lucha interior.
No debemos defendernos del mundo sino de nosotras mismas. Algo que he aprendido en mi camino espiritual es que cuando cambias en tu interior, tu entorno inevitablemente se transforma. Y me pregunto qué tan comprometidas hemos estado con nuestra transformación personal.
Siempre es más fácil culpar a otros. Y aunque hemos sido víctimas de una cultura que nos ha repetido grandes mentiras desde niñas, también tenemos la responsabilidad de cuestionarlas. Lo hacemos muy poco. Existe una cierta comodidad en dejarse llevar por la corriente y evitar el conflicto.
Tal vez una de las cosas que más me ha enseñado a moverme de mi comodidad han sido las situaciones difíciles que me han confrontado desde el corazón. Las lágrimas y las heridas son un poderoso aliciente para despertar. En medio del dolor entendemos cuál es nuestro verdadero potencial y, por ende, dónde reside el coraje para crecer y expandirnos a partir de las duras lecciones de la vida. Esto no es tragedia, es realidad. Es tener la capacidad de pararse bien firme sobre la tierra y mirarse al espejo sin evitar lo que vemos.
Solo allí descubrimos las verdaderas herramientas del albedrío femenino: intuición, capacidad creativa, sensibilidad, vulnerabilidad, fragilidad y fortaleza. Es un inventario hermoso y hasta poético. Nos invita a pasar de la intención a la acción.
Sé que puede sonar impopular decirlo, pero muchas veces hemos sido demasiado correctas. Nos cuesta transgredir los límites en nombre de las causas que nos mueven y decimos defender. Pedimos muchos permisos para ser y para existir, incluso para declarar la felicidad como nuestro patrimonio.
No quiero celebrar las mismas luchas de siempre, que respeto y admiro. Cumplieron su papel en un momento histórico particular. Siento que ahora necesitamos ir más allá: cruzar umbrales que aún no vemos y abrir puertas que nunca debieron permanecer cerradas.
Ya no se trata de defender derechos. Se trata de volver a conectar con nuestros sueños postergados. Se trata de atrevernos a mirar hacia adentro para librar las batallas que tenemos pendientes con nosotras mismas, esas que hemos evitado mientras quedamos atrapadas en un interminable inventario de creencias limitantes. Necesitamos tomar decisiones que hemos aplazado y que apuntan directo a nuestro bienestar y evolución. Hablar con más honestidad y con menos miedo.
Ser mujer no implica representar un rol. Implica asumir un compromiso ineludible con nuestra propia evolución para poder tocar la vida de otros. Sumar emancipaciones colectivas para darle la vuelta a realidades duras y sinos estancados. Para ello debemos cambiar. Asumir duelos. Sellar pactos. Hacer negociaciones que nos devuelvan el tiempo necesario para cultivarnos sin culpa. Debemos renunciar a cargas que adoptamos casi por ósmosis y aprender algo que a algunas nos cuesta demasiado: poner límites.
Esa será la verdadera proeza que valdrá la pena celebrar. Cuando la sintamos desde nuestras entrañas y queramos elevarla en gritos de euforia. Alcanzar la coherencia entre mente y corazón para vivir desde nuestra energía y nuestro propósito más auténtico.
Eso es lo que sí quiero celebrar. Ya hemos honrado la lucha que muchas emprendieron por nuestros derechos. Ahora ha llegado el momento de asumirnos, aprender a amarnos y recordar quiénes somos. Regresar al llamado de nuestra alma y encontrar nuestra propia piel. La lucha interior que aún no hemos querido librar. Esa que, desde nuestra propia luz, nos permitirá brillar e iluminar el mundo.
Mirarnos cuesta. Pero ahí empieza la verdadera liberación. Dijo una vez Simone de Beauvoir: “Brindemos por las almas salvajes, por las que no se quedan quietas, por las que arden con una luz propia. Por las que no siguen caminos marcados, sino que los inventan con cada paso. Por las mujeres que ríen fuerte, que sueñan sin permiso, que no piden perdón por ser libres…”.
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