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En muchas organizaciones modernas existe una frase que parece haberse vuelto parte del ADN corporativo: “lo necesito para hoy”. Correos marcados como prioritarios, reuniones de último minuto, chats que esperan respuesta inmediata y líderes que viven en modo emergencia permanente. La urgencia se está convirtiendo en una pesadilla para todos.
El problema es que cuando todo es urgente, en realidad nada lo es. La psicología organizacional ha demostrado que trabajar constantemente bajo presión reduce la capacidad de las personas para pensar estratégicamente, tomar buenas decisiones y mantener un desempeño sostenible en el tiempo. El cerebro humano no está diseñado para vivir en alerta permanente.
Investigaciones sobre estrés laboral muestran que los estados prolongados de urgencia activan el sistema de respuesta al estrés, el mismo que se activa frente a una amenaza física, elevando los niveles de cortisol y disminuyendo funciones cognitivas clave como la memoria de trabajo, la creatividad y la capacidad de priorizar. Es decir, “la urgencia” constante nos vuelve menos inteligentes en el trabajo.
En muchas culturas corporativas se ha glorificado al colaborador que vive apagando incendios. La persona que responde mensajes a cualquier hora, que corre de reunión en reunión y que siempre parece “ocupadísima”. Lo que no saben es lo que ese colaborador no dice: “no puedo más”; “estoy reventado”. Sin embargo, este comportamiento muchas veces es más un síntoma de mala gestión que de alto desempeño.
Peter Drucker, uno de los padres del management moderno, advertía que “no hay nada tan inútil como hacer eficientemente algo que no debería hacerse en absoluto”. La hiperactividad organizacional no necesariamente significa progreso.
Cuando las empresas operan permanentemente en modo urgencia, suelen aparecer tres consecuencias claras:
Desgaste emocional del talento: la urgencia constante es una de las principales fuentes de agotamiento laboral o burnout. Cuando las personas sienten que siempre están corriendo contra el reloj, la sensación de control sobre el trabajo desaparece.
Pérdida de foco estratégico: las organizaciones empiezan a reaccionar a lo inmediato en lugar de construir el futuro.
Lo urgente desplaza lo importante.
Cultura del estrés contagioso: las urgencias se vuelven virales. Si un líder vive en modo emergencia, su equipo inevitablemente también lo hará.
Esto además tiene un costo oculto. Un estudio de Harvard Business Review ha mostrado que las interrupciones constantes pueden reducir la productividad hasta en 40%. Cada vez que una persona cambia de tarea por una urgencia inesperada, el cerebro necesita tiempo para recuperar el foco.
Además, el burnout laboral fue reconocido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un fenómeno asociado al entorno de trabajo, caracterizado por agotamiento, cinismo y disminución del rendimiento. Cambiar esta cultura no significa eliminar la velocidad o la capacidad de reacción. Significa diferenciar claramente entre lo urgente y lo importante.
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